Tesis para Gargantúa

El libro que escribe un licenciado universitario, tras un trabajo de investigación teóricamente dirigido, de rigor científico variable, que se gesta en más o menos años, se basa en un tema necesariamente inédito, y tiene unas características formales propias impuestas por la Academia, es una tesis doctoral. Estos libros tienen un grosor importante, sobre todo si se trata de tesis “de letras”, sobrepasando las cuatrocientas páginas y llegando, en ocasiones, a doblar esta cifra.

Pero lo más interesante de este tipo de libros es el día de su lectura o defensa, como se llama al acto de su presentación en la jerga universitaria. El ritual de la lectura de una tesis es tan estricto como la estructura misma del trabajo, y el tribunal es uno de sus componentes necesarios. Los tribunales de tesis están compuestos por cinco doctores situados, por lo general, en una tarima que se eleva por encima del doctorando. Su momento culminante en el rito vendrá tras la defensa, y antes del veredicto calificador, cuando le toque objetar. Proferirá críticas casi exclusivamente formales. Que si hay una errata en la página equis, que si es mejor utilizar el sistema de citas americano frente al latino, que si hay demasiados subapartados, que si la lectura resulta cansada por la economía de signos de puntuación, o excesivamente brusca por el exceso, que si falta citar una obra fundamental (que normalmente es un manual vulgar e irrelevante para el objeto de la investigación). Tal vez si el doctorando no fuera un empeñoso citador y un maquetador accidental, los tribunos se quedarían sin discurso, y eso no estaría bien. Así pues, cada uno de los doctores, y casi siempre sin haberse leído la tesis, pontificará largo rato sobre cómo el aspirante debió haber situado las comas. Y después de una soporífera sesión tendrá lugar el veredicto, normalmente la calificación máxima por la promesa del banquete que vendrá después.

La comida la pagará el neófito, en un restaurante caro, y sólo los tribunos serán capaces de degustar las delicias de la tierra, porque el nudo en el estómago del incipiente doctor, debido tanto a los nervios que ha pasado en la defensa como a los que le causa haber tomado conciencia de la factura que le espera, le impedirá probar nada. Mientras, sudando frío, oirá cosas como “Estoy encantado de estar en el tribunal de esta tesis, porque no conocía La Laguna; a ver si me invitan pronto a Las Palmas, que nunca he estado allí, y si la comida es tan deliciosa como esta, merecerá la pena”. Verá cómo un trabajo que le ha costado años de esfuerzo no puede competir con un plato de “patatitas asadas bañado en esa salsa de mojo tan rica”.

El nuevo doctor llorará en silencio, mientras el presidente del tribunal se irá transformando en el gigante Gargantúa al tiempo que pide más frangollo.