Sobre la abdicación de la letra escrita

En el último libro de Luis Lecuna, Ensayos Borgesianos, puede leerse: “Estamos asistiendo a la abdicación de un reinado de 5.500 años de duración, el del texto escrito, el momento en que aparecieron los primeros caracteres cuneiformes mesopotámicos”. Ahora bien, habría que dilucidar qué quiso decir el filósofo en este fragmento al hablar de abdicación, ya que el vocablo se presta a varias lecturas. Dice el Diccionario en su dos primeras acepciones, que abdicar es, de una u otra manera, renunciar a algo; ahora bien, en la tercera, y ante la advertencia desus., se constata que privar a alguien de un estado favorable, de un derecho, facultad o poder, también es abdicar. ¿Cesión, entonces, o privación del texto escrito?

Una hermenéutica de Lecuna, en el sentido ontológico-histórico de Gadamer, sostenido en la idea de la comprensión como acontecer, hace sospechar que al filósofo le indujo a parir tal pensamiento la siguiente circunstancia.

Abril, mes internacional del libro, por efemérides cervantinas y mercadotecnia. El filósofo marplatense tuvo la intención, como cada año, de obsequiar a sus allegados (y quizá también a algún alejado) con un libro. Estuvo en la Isla tal vez porque acostumbra a pasar en ella los domingos de ramos, tal vez por simple casualidad. Ante la disyuntiva de tener que elegir entre las tiendas de libros (pocas) que le oferta la Ciudad de La Laguna, Patrimonio de la Humanidad, donde se aloja, o la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión que se celebraba por aquellos días, optó por la segunda opción pensando “una feria es una feria” (habría que analizar también el sentido de la aseveración, que quizás nació de su frecuentación de la Feria del Libro de Buenos Aires y de su amistad con el último Borges). Se dispuso, entonces, a andar hacia la Plaza del Adelantado, donde se alojaba la muestra literaria. Llegado al Ayuntamiento, Lecuna miró a su alrededor y se dejó impresionar por tres casetuchas metálicas despintadas de azul habana. Se propuso acercarse a ellas con la cautela de lo desconocido, esperando encontrarse con un muestrario de ejemplares literarios curiosos, o antiguos, o de ocasión (ninguna de las características necesariamente excluyente entre sí), pero recorridos los tres expositores, y después de haber pedido infructuosamente información al dependiente, un tipo malmirador con un pucho en la oreja, Lecuna se detuvo un segundo y observó que a su alrededor sólo había restos de serie de RBA Editores, de esas colecciones anunciadas por televisión al precio de 495 pesetas. Los carteles que exhibían el importe, escritos por una mano infantil, decían “500”.

Cuentan que Lecuna volvió a Mar del Plata al día siguiente, que dejó de leer y que desde aquella visita a la Plaza del Mercado lagunera, no ha escrito más que los ensayos borgesianos en los que vaticina la muerte del libro.

Con ejemplos como este no extraña que cada día se lea menos, y que se haya generado el pánico (e incluso la certeza) entre algunos amantes de la lectura, por la futurible extinción de la letra impresa. Queda claro que hay que entender abdicación en el texto de Lecuna como privación de, aunque la acepción pueda estar hoy tan en desuso como quizás lleguen a estarlo mañana los libros.