¿Ser o no ser (canario)?

Cada uno de nosotros es la suma de las identidades, nunca perfectamente avenidas, con las que carga. ¿Pero somos verdaderamente conscientes de esta realidad? Sólo esta conciencia nos puede permitir mantener un positivo respeto a la diferencia y una defensa no condescendiente de las minorías (la condescendencia es uno de los síntomas más claros de demostración de preeminencia).

Es una lástima que no tengamos asumido que somos también una suma de partes, y que la negación, inconsciente o premeditada, de este hecho nos conduzca directamente a la defensa de la supremacía de las pertenencias, pseudosofía radicalmente exclusiva (también de exclusión) de los nacionalismos como el canario.

El ser humano está intentando definirse desde que el mundo es mundo, y aceptemos que sólo es posible definirse por oposición a. Ahora bien, la sofistería que implica el “soy canario” se cae por su propio peso cuando constatamos que para llenarla de sentido no es suficiente con el argumento oficial de las identidades que abanderan los poderes creadores de opinión, sobre todo políticos.

Veamos. Además de que parece que para ser canario hay que demostrar la pertenencia a varias generaciones de nacidos aquí, existe una especie de Manual del Canarísimo que implica, por ejemplo, que hay de sentir la carne de gallina con algunas cancioncillas (a falta aún de un himno oficial, ¡ja!) de los Sabandeños, en una mano la bandera tricolor, en la otra una pella de gofio de millo (jamás de maíz, claro), intentando no enyugarse (por supuesto), y pintadera al cuello; todo esto de parranda en un guachinche en el que se juegue al envite y un cartel rece “hay vino del país”.

Si es eso ser canario, yo soy otra cosa.