Paradiso

Sancti Spíritus en julio es casi tan húmedo como en diciembre. Una plaza se redondea para que un montón de muchachitos jueguen a aventureros montándose en pequeños carros destartalados remolcados por cabras que parecen caballos. Huele distinto que La Habana, pero eso es solo porque es más pequeño, y porque esconde un mercado donde se exhiben con timidez unas pocas frutas de un exotismo insultante, apiladas en mínimos montones construidos con esmero.

No quedaría recuerdo de que fue una de las primeras villas españolas si no fuera porque cerca del centro hay una pequeña casa de estilo andaluz donde puede tomarse café de verdad en diminutas tacitas de porcelana, y porque aún el tiempo no se ha comido todos los adoquines. Pero como el café se mezcla con azúcar antes de ponerlo al fuego, y la cafetera vomita una melaza que es preciso tomar a breves sorbos, la caña marca, entonces, las distancias.

Es un lugar extraño. Permite algunas tiendas que venden desesperación al reclamo de cartelitos de cartón escritos a mano. Desde un pedazo de cable usado hasta un reloj de pulsera sin pulsera o una silla cansada, se exhiben en depósito hasta que alguien decide comprarlos y es, entonces, cuando su dueño original puede reivindicar un porcentaje irrisorio sobre la enajenación de su valiosa propiedad.

Allí una casa puede parir un árbol de su costado sin sangrar y acabar engullida por las raíces de su propia criatura, y donde un café fantasma puede permanecer vigilando un puente sobre un riacho quieto y enverdecido, con sus sillas de hierro, de otro siglo, rancias por el polvo de la uniformidad.

En Sancti Spíritus tampoco se puede respirar, y sólo es lícito sobrevivir a base de bombonas de oxígeno cargadas de Historia Oficial, de historia artificial. Por eso en el ombligo de la Isla es necesario encontrar agua a toda costa, embotellada y fría, ¡por Yemanyá, que el bochorno es indolente! Y entonces, si hay empeño, se puede conquistar la saciedad si se amartillan unos pocos dólares.

Incluso hay una tienda más llena de libreros que de libros, plagada de portadas de quijotes barbudos que no han dejado apenas espacio para la literatura. También en Sancti Spíritus la palabra revolución se habría vaciado de sentido si no fuera porque, debajo de una pila de panfletos, aguarda sigiloso un Paradiso.