Nosotras, que somos como los demás

Desde una tribuna, la laudeada hace años con el prestigioso Nadal, se dice reivindicadora de la literatura femenina o feminista, a lo que añade la siguiente rotundidad: la literatura sí tiene género. Se trata de Lucía Etxebarría, conferenciante en ciertos actos sobre libro de la Universidad de La Laguna. Bien es cierto que quienes escriben los libros tienen género, pero hasta qué punto la literatura, en sí misma, lo tiene.

Efectivamente, una de las armas que las mujeres tienen para reivindicar su lugar en el mundo es mediante la literatura que escriben, mediante la expresión escrita y el tratamiento de temas que preocupen a las mujeres, que acaben por evidenciar la igualdad de mujeres y hombres. El bien que hacen no sólo las convierte en adalides de la lucha por los derechos de la mujer, sino que ayuda a que muchas mujeres lectoras se planteen que han de sumarse a determinadas reinvindicaciones, y muchos hombres comprendan que mujeres y hombres tenemos los mismos derechos en esta sociedad.

Pero, ¿Significa eso que la literatura tiene género, y dicho de boca de la escritora que reconoce que el término literatura está obsoleto, por tratarse de una construcción del primer estructuralismo francés ahora caduco? Lucía Etxebarría cuenta historias de mujeres, en Amor, curiosidad, prozac y dudas, en Beatriz y los cuerpos celestes, y en Nosotras, que no somos como las demás. ¿Es que la literatura escrita antes de los movimientos feministas de concienciación de género es una literatura machista? Podría serse más concesivo y catalogarla de masculina, por lo despectivo que encierra el término machista. No me lo creo. No es una literatura ni machista ni masculina ¿O es que es feminista cualquier literatura escrita por mujeres? ¿Será, entonces, que es feminista o femenina cualquier literatura que trate temas de mujeres? Tampoco exactamente, diría una feminista.

No me malinterpreten. Me gusta Etxebarría. Me gusta porque es capaz de caracterizar a esas mujeres que no siempre tienen la oportunidad de verse reflejadas en los libros, a esas mujeres que viven al límite de sus posibilidades, que tienen amantes, que toman drogas, que triunfan en sus trabajos o, al menos, saben buscarse la vida. Ahora existe la posibilidad de que haya escritoras que hablen de estas mujeres, porque ahora existen estas mujeres, hace tan solo unos años no existían. Lucía Etxebarría trata en sus libros a los hombres como esos peleles de los que las mujeres se sirven para llegar a ser más ellas mismas, son más tontos que ellas, por supuesto. Es indiscutible que haya muchos hombres más tontos que muchas mujeres (pero también viceversa). Los hombres de Etxebarría tienen el pene más pequeño que los demás hombres. Claro que hay muchos hombres con el pene más pequeño que otros hombres (pero también viceversa). Bah.

Cierta literatura feminista (o femenina, como le gusta más a algunas) está hecha para ser leída por mujeres en momentos de furia en contra de los hombres. Está hecha para que una mujer resentida pueda resarcirse leyéndola y decir: “¡Joder, qué bien, esta tía piensa como yo!” Y eso es muy sano en ciertos momentos. Pero la realidad no es sólo esa: el mundo está lleno de mujeres, es verdad, pero también de hombres. Es verdad que hay que luchar para que la Real Academia tenga más de una mujer entre sus miembros, para que tenga muchas mujeres, tantos como hombres. Y también es verdad que los gobiernos no hacen demasiado por facilitar el acceso de las mujeres al mundo laboral sino a costa de una duplicación de sus esfuerzo diario. Pero ¿Hasta qué punto ayuda esta literatura del resentimiento? La literatura no tiene género, lo tienen quienes la escriben, y empieza uno a hartarse un poco de los ismos. Como dice un conocido poeta uruguayo, el último ismo que queda es el abismo.

En qué quedamos, ¿Mujeres y hombres somos iguales? ¿O es que somos distintos y la diferencia hemos de marcarla también en la literatura que escribimos y leemos?