Los posos del café

Hay una terraza aneja al minúsculo jardín, que no se diría que es tal si su muro calizo no estuviera plagado de buganvillas, y si más de dos árboles no salpicaran el césped. Está sitiada por el cielo del crepúsculo larguísimo del verano. Se dice que allí, en julio, nunca pasa nada. Por eso a él le gusta sentarse en el banquito de hierro, que imita a los de algunos parques que conoce, con un libro en la mano. Pero no está leyendo. Espera sin saberlo. Siempre oyó hablar de las premoniciones, pero jamás sostuvo que fuera posible anticiparse al porvenir. Incluso cuando llegó a sucumbir a los enredos de las gitanas vendedoras de romero, que intentaban arrancarle unos cuartos a costa de leerle las líneas de las manos, terminó siempre prefiriendo las maldiciones de la quiromancia impagada a la asunción de un manojo de visiones imposibles.

Desde allí se alcanza a ver el mar inmóvil, por eso el paisaje parece tiempo detenido. No le hace falta leer un libro sobre sueños para descifrar las claves de su pánico. Efectivamente, morirse no es aterrador; sí lo es la visión de otras muertes. La brisa de la tarde, torpemente enfurecida, quiere que las ventanas golpeen con fuerza contra sus propios marcos. Pero están cerradas, por eso el viento sólo puede silbar con timidez. Como ahora mismo a ella, en aquel hospital, tan sólo le es posible aullar para quedarse. Pero no hay tregua, él lo sabe aunque no la oiga, porque ella está lejos, en la ciudad. No hay quirófanos en el pueblo. A él no sólo le duele el hecho de no poder frenar lo inevitable, le aflige constatar que en los posos del café de aquella anciana no estaba impresa esta desaparición.

Su estertor final se llevó con ella el miedo. Y se borró la impotencia cuando él comprendió que ya no había nada por cambiar. Ahora mismo, por su antigua casa, sólo deambulan las Erinias, desgraciadas, plañendo planear la venganza imposible de un crimen cometido por Tánato mismo. A él tan sólo le queda seguir allí, mirando el cielo atardecido, reconfirmando con tristeza que los finales no están escritos ni en los libros de adivinación, ni en el café, ni en uno sólo de los setenta y ocho naipes del tarot.

A ella le gustaba enredarse en aquellas buganvillas, corretear alrededor de los pocos arbustos y tumbarse en el césped del jardín. Ahora, simplemente, no está.