Literatura del sinpudor

Han vuelto a ponerse de moda los diarios. Esto confirma la tesis del un amigo que me dijo hace unos días que los diarios están hechos para ser leídos, aunque no por cualquiera. El escritor de un diario íntimo se escuda en su pudor para justificar el hecho de no mostrárselo a nadie, de mantenerlo en la más absoluta intimidad. Ahora bien, el pudor del autor de un diario termina justamente donde empieza la necesidad que todos tenemos de ser comprendidos, escuchados, atendidos; la necesidad imperiosa que nos sacude de vez en vez de justificar lo que somos y por qué lo somos. Esta necesidad del ser humano se ha convertido en moda literaria.

Es cierto que siempre ha habido autores de diarios y, es más, de diarios que acaban publicándose, pero hasta ahora no se había visto una avalancha tal de editoriales que publican libros escritos en forma de diario íntimo. Curiosamente, suelen ser libros escritos por mujeres (me reservo los comentarios al respecto). Desde Bridget Jones hasta la reciente Coloma de Fernández Armero en Querida Yo, se ha puesto de moda toda una literatura de sinpudor rayana en el más puro exhibicionismo. Curiosa coincidencia con la moda televisiva del “Gran Hermano”. Parece que estamos dispuestos a vomitar lo que somos, pero no por el simple hecho terapéutico de la descarga que supone la confesión, sino por el placer suplementario que provocamos en el resto de los mortales haciendo que aflore su vouyerismo de la manera más evidente. A todos nos gusta enseñar, pero nos gusta aún más mirar. Somos, de naturaleza, mirones. Me decía un amigo que a él también le había pasado estar frente a su ventana, con la mirada perdida y sorprendiéndose de repente al encontrarla puesta en la vecina que se está quitando la ropa, consciente o no de ser observada. Me decía que no podía irse, cerrar la ventana y dejar de mirar inmediatamente. A todos nos encanta mirar.

Quien escribe un diario generalmente lo esconde para que quienes visitan su casa (lugar donde suele vivir el diario) no lo descubran. Pero también quien escribe un diario es capaz de dejarlo de forma intencionadamente inconsciente a la vista de cualquiera, esperando la morbosa posibilidad de que alguien que pase cerca pueda llegar a abrirlo e intentar leer alguna de sus páginas. Porque quien se encuentra sobre una mesa, la cama o el aparador de otro, un cuaderno de sospechoso parecido a un diario experimenta también una fuerza atrayente que es directamente proporcional a la intriga que le produce la posibilidad de que lo que allí pueda estar escrito sea íntimo y personal. El autor del diario, sorprendiendo al mirón en semejante tesitura le dirá, con toda seguridad, “¿Qué haces?”, en el tono que se utiliza cuando alguien ha pillado a otro con las manos en la masa, y añadirá, “¡Eso es privado!”. El mal trago lo pasará el sorprendido en plena lectura, pero el autor del diario habrá disfrutado. Disfrutó dejándolo a la vista de los demás, disfrutó cuando el mirón se acercaba para abrirlo, cuando le pilló en faena y cuando el lector entrometido se fue, porque el escritor siempre tendrá dudas sobre lo que exactamente le leyeron, y será capaz de abrir y releer el cuaderno (cosa que no suelen hacer con frecuencia los autores de diarios) para averiguar qué parte de ellos ha sido descubierta.

Pero de ninguna manera el autor de un diario tolerará, ni siquiera remotamente, que alguien a quien no permitiría que leyera ni una sola letra de su diario tenga la oportunidad de hacerlo. A este tipo de personas no le facilitará el trabajo. Sin embargo lo hará con aquellos con quienes necesite, de alguna forma, confesarse.

Con la “Literatura del sinpudor” se ha puesto fin a la selectividad del lector inoportuno. Ahora, de forma totalmente indiscriminada, cualquiera podrá leer el diario íntimo del escritor que ha decidido publicarlo. De la misma manera, con ciertos programas de televisión de moda, cualquiera podrá ver la vida íntima de otros. ¡Reine el exhibicionismo en un mundo de mirones!