Libros de una noche

No mientas, nunca te ha sido indiferente lo que llevas a tu cama.

Siempre se selecciona, aunque sea a golpe de vista fulminante, a un acompañante que resulte verdaderamente especial. Es curioso, existen libros de una noche y también libros de mesilla de noche. Quizás algunos no noten la diferencia, pero qué poco se parecen ambos.

Los libros de una noche se escogen casi siempre por sus formas. Sucede que, a la hora del sueño, y ante la biblioteca de la sala a punto de bostezar, son muchas las opciones. Lo que actúa como reclamo puede ser un color llamativo, un tamaño particular, un título prometedor, o un recuerdo. Y suelen ganar la partida los libros de poemas o de relatos cortos. La brevedad, la promesa de concisión, es uno de los requerimientos necesarios exigido al acompañante ocasional. Y la profundidad de los temas habrá de ser tan exacta que perfume con precisión el sueño posterior. Ni más ni menos. Como un hayku, es esencial que lo contenga todo en diecisiete sílabas y tres versos.

En cambio, los libros de mesilla de noche no son así. Suelen permanecer semanas, e incluso meses, durmiendo junto a la cama. Han sido elegidos para perdurar. Seleccionados para lecturas de principio a fin de las que se espera no ya un efímero perfume especial sino, y lejos de vanidades cosméticas, esa sensación mucho más profunda que transmite lo consolidado. El ensayo o la novela son los preferidos. Eso sí, estos compañeros pacientes aguardan sin quejarse en la mesilla, capaces de resistir los mayores desprecios, viendo cómo Safo les roba las noches.

Pero a veces ocurre lo imprevisto. Un despiste permite que uno de esos libros de una noche se quede a desayunar. Que al día siguiente siga estando en la mesilla porque no fue colocado al amanecer en el lugar que antes ocupaba en la biblioteca. Esos libros producen un indescriptible malsabor porque recuerdan, con sus cubiertas vistosas, que no han sido leídos sino a retazos, y que lo que ofrecen es mucho más que lo catado en la víspera. Y qué difícil es tomarlos con cuidado entre las manos, casi sin que se den cuenta, sin mirarlos a los ojos, para devolverlos a su estante entre relatos de Poe y aforismos de Tagore.

Hace tiempo que Hobbes y Joly esperan pacientes en mi mesilla mientras paso las noches con otros. Anoche, un relato de Chéjov, El hombre enfundado.