Expongo

PRIMERO. —Que el pasado lunes 15 de enero, mientras cumplía con mi guardia en el primer recreo, entre las 9:50 y las 10:10, fui instada por megafonía a presentarme en la Conserjería de mi centro escolar. Abandoné la guardia y me dirigí a la entrada del edificio cuando dos personas muy serias me dijeron: «Queremos hablar con usted de Mariana». Yo tengo varias alumnas con ese nombre en los distintos niveles en los que imparto clases de Historia y en ese momento no supe bien de qué Mariana se trataba. En medio del alboroto del recreo, me acerqué a la sala de guardias —donde solemos recibir a los padres porque no existe un espacio en todo el centro para poder hacerlo con comodidad—, pero estaba ocupada por varios alumnos castigados, algo también habitual en los recreos de mi centro, donde los estudiantes que llegan tarde son privados de este privilegio. Como no sabía dónde reunirme con los padres que habían venido a hablar conmigo, pregunté a la conserje dónde podía recibirlos, y ella me conminó a hacerlo al fondo de uno de los pasillos, donde hay dos cuartos muy pequeños que a veces sirven de sala de reuniones para emergencias como la mía. Abrí el primero, pero estaba ocupado. El segundo estaba libre y allí nos sentamos, en un escritorio pegado a una de las paredes por la falta de espacio. «¿Qué pasa con mi hija?», dijo la madre de Mariana. «Supongo que se refiere a la materia de Historia del Arte», le dije para no meter la pata y darle a la señora información de otro alumno. «Sí, Mariana de Historia del Arte», me respondió sin un atisbo de simpatía. «Quiero ver sus notas», añadió. «Pues Mariana ha estudiado muy poco mi asignatura», le dije, mientras iba abriendo en mi portátil la aplicación en la que anoto las calificaciones. «Mire, su hija empezó mal, no entregó los primeros trabajos, luego entregó algunos y, finalmente, suspendió el examen de la primera evaluación con un 1,4. La media no le da para aprobar». «Pero mi hija es muy buena en todas las asignaturas y usted la ha suspendido», me replicó. «Es que no ha estudiado», le respondí. «Sí ha estudiado, pero usted la tiene frustrada, por eso no va bien en su asignatura». «Mire, Mariana, por ejemplo, no sabe cuándo fue la Edad Media, a pesar de que estudiamos el arte medieval durante la 1ª evaluación; el otro día le pedí que localizara alguna etapa histórica en un eje cronológico que dibujé en la pizarra y no supo situar ni la Antigüedad, ni la Edad Media, ni la Edad Moderna, ni la Contemporánea. Estamos en 2º de Bachillerato y esto no es de recibo. Puedo decirle, además, que su hija pone tan poco interés en mi materia que ha presentado un trabajo sobre el teatro griego —en Historia del Arte— donde en lugar de hablarme de los teatros, de los edificios, de la arquitectura, que de eso se trata,  ha hecho un ejercicio más propio de Lengua o Literatura, hablándome de los autores de teatro clásicos, cuyas biografías copió de la Wikipedia; y puedo decirle también que ilustró un trabajo sobre el templo griego con una fotografía de un templo romano; se molestó tan poco que al copiarlo de la misma fuente —la Wikipedia— no se fijó en que el pie de la imagen decía Templo romano, así que usted me dirá… Yo no puedo aprobar a alguien que tiene un nivel tan bajo y que, además, pone tan escaso interés en mi materia». «¡No! —y alza la voz— ¡Eso es mentira! ¡Mi hija solo se ha equivocado en un dibujo y por eso usted la ha suspendido!». (En Historia del Arte no hablamos de «dibujos», pienso para mis adentros.) «Además, usted los suspendió a todos». «No es cierto, aprobaron dos alumnos de ocho», digo, mientras el padre —supongo que sería el padre, porque no se presentó ni había dicho una palabra hasta entonces— la corrige: «Que sí, que sí, que ellos son ocho y dos aprobaron». La mujer, en medio de la tensa conversación, recibe un mensaje en su móvil y se levanta, se da media vuelta y se va. Me quedo en el cuartito con el hombre, que permanece callado, y suena el timbre que anuncia el final del recreo. «Me tengo que ir —le digo—, los alumnos me esperan para un examen; lo siento. Seguimos hablando en otro momento».

SEGUNDO. —Que bajé las escaleras a toda prisa para dirigirme al aula de desdoble, en la que imparto Historia del Arte, para hacer el examen de recuperación de la 1ª evaluación, esperando encontrarme a mis ocho alumnos, también a Mariana. En el aula había solamente cuatro. Descolocada, le pido a uno de ellos que vaya a por folios, que con el asunto que acababa de suceder he olvidado cogerlos en Conserjería. El alumno va, raudo. Unos minutos más tarde, la Jefa de Estudios del centro entra en el aula y me pide que salga para hablar con alguien (en ese momento no sé con quién tengo que hablar) y deja al profesor de guardia al cuidado de mi examen. Inmediatamente aparecen, bajando las escaleras, cuatro alumnas que al parecer han solicitado cambiarse de mi optativa a otra —Economía— que sí les puntúa en la EBAU para la carrera que quieren estudiar. Aunque ya sabía, por cauces extraoficiales —ni las alumnas ni la directiva del centro me habían comunicado que hacía días que se estaba tramitando este cambio y que perdería cuatro estudiantes—, que iba a haber una desbandada de mi materia, esperaba que todos —Mariana incluida— se presentaran a la recuperación que ellos mismos habían diseñado (una prueba más sencilla aún que las realizadas hasta entonces: en dos partes), pero no estaban allí.

TERCERO. —Que la madre se me acercó, desafiante y combativa, liderando a las cuatro alumnas del cambio y a su acompañante (¿el padre de Mariana?), y me dijo, enfadadísima: «Vamos a hablar», por fuera de mi aula, en el piso inferior del centro. Yo estaba sorprendida y nerviosa ante una situación tan incómoda. Ya había hablado con la señora durante el recreo, pero ella se había marchado al sonar su móvil, dejándome con la palabra en la boca, y ahora venía con las cuatro alumnas en una actitud nada pacífica, abordándome por fuera de mi aula y, al parecer, traída por mi Jefa de Estudios, quien me había pedido, en los instantes previos, que abandonara mi clase para «hablar con ellas». No sabía si con «ellas» se había referido a las alumnas o a las alumnas junto con la madre. El caso es que aquella señora estaba allí intimidándome, pidiéndome cuentas. «Si quiere seguimos hablando, pero solo con usted y su hija, y si quieren las demás vamos hablando luego individualmente también», les dije. «¡No! —repuso la mujer con muy mal tono— ¡Yo vengo aquí a hablar por ellas también, porque no tienen aquí a su madre que las defienda! ¡Yo vengo a defenderlas porque usted las está maltratando!». En ese momento reapareció la Jefa de Estudios y le dijo a la señora —muy bajito—: «No, mejor de uno en uno, vamos», y la guió al piso de arriba, mientras refunfuñaba. Tú habla con las alumnas, me ordenó. Y eso hice.

CUARTO. —Que, una a una, voy preguntando a mis cuatro alumnas qué problema tenían y si de verdad pensaban que «las estoy maltratando». Una a una, igualmente, me van diciendo lo que les ha molestado de mis clases. Primera alumna: nada, que conmigo todo bien, pero que va a estudiar Trabajo Social y mi asignatura no le pondera en la EBAU. Segunda alumna: que le dije que no estaba bien su último trabajo, «con lo que me costó —añadía», aunque su texto estaba sacado, en buena parte, de la Wikipedia: se lo hice saber cuando al recibirlo, en plenas Navidades, le envié varias capturas de pantalla de su archivo que habían sido copiadas íntegramente de la citada web; era tan evidente el copiaypega que la alumna no se había molestado ni en borrar los enlaces, con lo cual aparecían en cada página un montón de palabras subrayadas que conducían cada una a su correspondiente entrada de la Wikipedia. Tercera alumna —Mariana—: que nos dijiste «parece que se las suda mi asignatura»; «Mariana —le respondí— es que es la verdad… siempre tienen otras materias como excusa para no estudiar Historia del Arte; que si Filosofía , que si Literarura o Lengua, yo que sé, siempre hay otras prioridades, y eso es lo que les hice saber cuando ya estaba desesperada por la falta de atención a mi materia…». Cuarta alumna: callada; le pregunto qué le ha molestado de mí y me dice que es «el tono»; le respondo que está en su derecho de que no le guste mi tono; «Es verdad, soy determinante y exijo tanto como doy; en este caso, exijo trabajo para adquirir el nivel que no tienen para que puedan aprender Historia del Arte, es verdad —le contesto—. Y, además, estás en tu perfecto derecho de que yo no te guste, no te caiga bien o aborrezcas mis clases, por supuesto que lo estás… ¿Pero yo te he maltratado, como dice la madre de tu compañera?». «No es eso, profe, es que usted siempre me pone pegas a lo que hago, siempre me dice algún fallo». «Para eso estoy —replico— para que conozcas tus fallos y aprendas a mejorar. Creo que piensas que te tengo manía; al menos lo creía hasta el incidente; pensaba que después de aquel día sabrías que te aprecio y te valoro, aunque te corrija y siga intentando que te interese la Historia del Arte… Pero me da que todavía crees que voy a por ti, cuando no es así ni de lejos; te recordaré algo que no he querido que trascienda, y que por eso enterré convenientemente cuando sucedió, aquel día. Haz memoria: el día de autos me dijiste, delante de todos tus compañeros: «¡¡¡Encima que vengo a tus putas clases!!! Luego seguiste añadiendo improperios contra mí y yo te saqué fuera de la clase, te dije que comprendía que te sintieras tan presionada por tantas asignaturas, por la EBAU, y por tus problemas personales; al final, te di un abrazo sincero, añadiendo que eras de mis alumnas con más posibilidades, porque te gustaba pensar; te pedí que no te desanimaras porque poco a poco aprenderías y alcanzarías el nivel necesario para sacar una nota alta; espero que al final logres un sobresaliente, te dije. ¿Te acuerdas? Yo podía haberte puesto un parte muy grave y te hubieran expulsado del centro quién sabe por cuánto tiempo —días, semanas, no sé—, y no lo hice, confié en ti, comprendí que tuviste un ataque de ira provocado por la impotencia que te producía ver que no alcanzabas el nivel en Historia del Arte… En definitiva, te lo pregunto de nuevo, ¿yo te he maltratado alguna vez?». «No, profe, solo es por el tono, como te decía». «Entonces —digo a las cuatro— reconozco que me da pena que se vayan de mi asignatura, que renuncien a aprender Historia del Arte, pero no puedo impedir, ni quiero hacerlo, que se cambien a una materia que les resulte más fácil, más rentable y que, además, les puntúe en la EBAU. Lo entiendo y les deseo toda la suerte del mundo, pero no quisiera que acabáramos así; me gustaría poder tomarme un café con ustedes cuando estén en segundo de carrera, y que me cuenten cómo les va, y no que nos crucemos sin saludarnos. ¿Por qué —me lo sigo preguntando— no me dijeron que estaban tramitando darse de baja de mi asignatura? Yo les he dado la suficiente confianza como para que me lo cuenten, ¿no les parece? Bueno, lo hecho hecho está. Pero una cosa les digo, una madre me ha acusado de maltrato y eso ni es cierto ni es justo…». Mariana lloraba y e insistía en que la madre se había puesto nerviosa y por eso me había acusado de maltratadora de mi alumnado. «Mariana, yo tengo que entender a tu madre y disculpar su acusación porque estaba nerviosa, pero tú no entiendes que yo les haya dicho parece que se las suda mi asignatura; tengo que decirte que eso no es equitativo en absoluto». Termina la conversación, las cuatro alumnas suben y la madre las aborda mientras, a gritos —en la entrada del centro y ante compañeros, alumnos y personal administrativo— continúa con el ataque: «¡Ustedes no pueden permitir que las maltrate su profesora, porque las ha maltratado y eso no se puede permitir». Y así una y otra vez, difamándome, agraviándome públicamente con falsas acusaciones. Sigue gritando lo mismo hasta que la Jefa de Estudios se acerca y me pide que no la escuche y que no le conteste, que me vaya. Yo, mientras bajaba las escaleras hacia mi aula, nerviosa y entristecida, seguía oyendo las barbaridades de la madre a voz en cuello. No sé qué le diría la Jefa de Estudios a la buena señora, que al rato se había ido del centro, lo que sí sé es que a mí me convocó a una reunión «con los padres de las chicas» para el día siguiente a las 8:00 de la mañana; «y tráete los exámenes —me recordó—; de todas formas, el Inspector de zona ya les ha concedido el cambio de optativa: a partir de ahora irán a Economía y dejarán tu materia». «Entonces —le pregunté a la Jefa de Estudios, sin entender nada— ¿para qué me voy a reunir con ellos si ya no le doy clase a sus hijas?». «Sí, sí, hay que reunirse, hay que reunirse para aclarar todo esto», me contestó muy seria.

QUINTO. —Que me fui a mi casa, apaleada por las injustas acusaciones de la madre de Mariana y muy preocupada con la reunión a la que tendría que asistir a la mañana siguiente, porque se parecía demasiado a un careo, a un ajuste de cuentas, a un consejo de guerra, a un juicio sumarísimo, máxime cuando las alumnas y sus padres ya habían logrado su objetivo: que el Inspector autorizara a las alumnas el cambio de optativa. Me estuve preguntando toda la tarde: ¿Qué pinto yo ahí? ¿Qué voy a hacer? ¿Darles a todos los padres los exámenes de sus hijas y comenzar a justificarme ante todos? ¡Uffff! Pero, afortunadamente, me salvó un mensaje a última hora: «Soy la Jefa de Estudios y te escribo para informarte de que los padres han desconvocado la reunión de mañana». «Menos mal, me dije».

SEXTO. —Que a la mañana siguiente nadie vino a darme ninguna clase de explicación. La reunión fue anulada por los padres y ya está. Yo fui calumniada públicamente por una madre, sin que la Directiva lo evitara, y ya está. Se me fueron cuatro alumnas y ya está.

SÉPTIMO. —Que una vez logrado su objetivo —el cambio de optativas—, las alumnas y sus padres decidieron dejar de calumniarme, baza que reservaban para presionar por si el Inspector les denegaba su petición. El caso de mis malos tratos ya no importaba en absoluto.

OCTAVO. —Que me puse en contacto con mi sindicato para que estuviera al corriente de los hechos, y mi representante sindical me informó de mis derechos y de la gravedad del caso, y me anunció que llamaría inmediatamente a la directora de mi centro. Y eso hizo.

NOVENO. —Que a la mañana siguiente, la directora me pidió que nos reuniéramos para hablar del asunto —puso a un profesor de guardia en mi clase y quedé liberada para la cita. A la hora señalada, me acerco su despacho pero me asalta la Jefa de Estudios para decirme: «No tienes que reunirte con la directora, sino conmigo y con la Vicedirectora», y me señala la puerta del despacho contiguo. Me invitan a sentarme y me aclaran que la Jefa de Estudios no había preparado una reunión con los padres de las alumnas, sino con los padres de Mariana, así que yo lo he entendido mal o ella se explicó mal. Suspiro y asiento. Tal vez sea así, y su mensaje comunicándome que los padres habían desconvocado la reunión del día siguiente puede prestarse a una doble interpretación. «¡Vaya, qué rico y tramposo es el lenguaje »!, pienso para mí. A continuación, y tras relatarme diversas anécdotas propias y ajenas, vienen a decirme que todo esto me ha sucedido por mi inexperiencia —este es mi segundo año como profesora de Secundaria—; me aseguran que cuando se me haga el callo ya no me afectarán situaciones como esta. «Los padres son así, no hay quien los pare; y los niños también, esto es lo que tenemos; nosotros hacemos lo que podemos, pero nada, ellos entran hasta la cocina y nos insultan, y los niños no tienen nivel, porque los hemos ido pasando y pasando de curso y, claro, llegan a 2º de Bachillerato y no tienen base y, claro, al final tenemos que aprobarlos». Cuando la reunión estaba tocando a su fin, entró la directora y me dijo, muy seria y haciendo un gesto de disconformidad: «Ayer me llamaron de tu sindicato… en muy mal tono». Acto seguido, la Jefa de Estudios exclamó, como para quitarle hierro al asunto, sin darse cuenta de que lo que estaba diciendo emperoraba aún más las cosas: «¡Por cierto, a todas estas, tengo que recordarle a las alumnas que tienen que firmarme algún papel donde diga que quieren el cambio de optativa, porque el Inspector ya se los ha concedido y yo no tengo nada que diga que ellas han solicitado que las cambien…!». Salgo de la reunión sin poder creerme lo que he oído: debo acostumbrarme a que las cosas sean así, como si se le dijera a la víctima de un delito que cuando sufra tres o cuatro parecidos ya no padecerá, o padecerá menos, y sin poder creerme que se ha armado esta marimorena sin que medie una solicitud formal de mis alumnas para cambiarse de asignatura a estas alturas del curso, porque la directiva ha escuchado su sagrada petición y ha batallado ante Inspección Educativa para cumplir con sus deseos sin seguir el conducto reglamentario. Parece que hay que estar a partir un piñón con los alumnos, caiga quien caiga, aunque caiga un profesor. Para más inri, la directora me ha hecho saber que no le ha gustado nada que la llamara mi sindicato. Me pellizco para ver si estoy despierta.

DÉCIMO. —Que, después de todo lo sucedido, no se ha apercibido a los padres difamadores ni estos se han disculpado conmigo, constituyéndose este caso en un precedente y ejemplo idóneo para que otros progenitores actúen así, sin que sus acciones tengan consecuencias de ninguna clase.

Y solicito

PRIMERO. —Que la próxima vez que un alumno solicite a la directiva —de manera irregular— un cambio de estas características, sean informadas las instancias implicadas en el trámite que les afecta directamente: al menos el profesor saliente, el tutor y el Departamento. Y que todo esto se haga siguiendo los trámites oficiales de rigor, no mediante acuerdo verbal de los alumnos con la directiva.

SEGUNDO. —Que se pongan todos los medios para evitar que, en lo sucesivo, un padre o un grupo de padres pueda agredir o agraviar, bajo ninguna circunstancia, a un profesor. Y a ser posible, que nadie de la directiva saque a un profesor de su aula para ponerlo ante un padre enfurecido.

TERCERO. —Que, ante un hecho tan grave como el expuesto, se exija a los padres la reparación del daño moral causado al profesor.

CUARTO. —Que la llamada de un representante sindical no tenga como consecuencia represalias de ninguna clase para su representado.

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