Eme y los libros

Caos y orden, Escohotado. A veces te daba por mirar largo rato los libros de tus estantes, sin un propósito claro, por el simple placer de examinar sus cubiertas de colores o su grosor, incluso para calcular una y otra vez cuánto dinero habías invertido en la adquisición de tu pequeña biblioteca. Por fin despertabas del efecto hipnótico que te producía aquella contemplación, y te detenías en alguno de tus volúmenes para recordar cómo, cuándo y dónde lo habías leído, porque eso sí, Eme, en principio intentabas leerlos todos, unos por imperativo académico, otros para el cultivo de tu dudosa erudición, aunque no siempre lograras el propósito porque no soportabas la idea de tener que tragarte un por quién doblan las campanas sólo porque su autor era un Premio Nobel, ni siquiera por el valor sentimental que podía tener aquel ejemplar para ti por haberlo heredado de tus padres. Odiabas a Hemingway y basta, tanto como habías aprendido a adorar a Pessoa.

“Detesto la lectura. Siento un tedio anticipado de las páginas desconocidas. Sólo soy capaz de leer lo que ya conozco” (Libro del desasosiego de Bernardo Soares), leo ahora en una de las páginas de este cuaderno tuyo. Pero, Eme, no me hace falta leer fragmentos como éste, hurtados a tus autores favoritos para encabezar cualquier día triste de tu diario, para saber perfectamente que eras incapaz de dormirte sin leer un pedazo de Rayuela, de aquella carta a Rocamadour, o de cómo Oliveira detestaba de amor a la Maga. Probablemente te reconocías en ella, y te reconocías también en él. Estoy seguro de que releíste más esas páginas de una envejecida edición de bolsillo que cualquier otro libro. Y yo sé, Eme, que siempre te propusiste adquirir, en cuanto tuvieras unas miles de pesetas, una publicación de lujo de tu biblia, pero jamás lo hiciste, y creo que fue por miedo a violar aquella manoseada de tus anotaciones que siempre te había acompañado. Cada vez que salías por la puerta de alguna de las librerías que acostumbrabas a visitar, eras capaz de encontrar la justificación adecuada al hecho de no haberte decidido tampoco en aquella ocasión.

Con las tiendas de libros te pasaba como con los bares, las frecuentabas por empatía, ni siquiera porque tuvieran aquel ejemplar de los poemas de Girondo que buscabas desde hacía meses, ni porque los precios fueran más económicos, igual que a una cafetería no le pedías que hiciera mejor café o más barato, sencillamente tenías que sentirte cómoda en cualquiera de tus dos templos. Ay, Eme, si estuvieras aquí haría lo imposible por revisar contigo tu idea démodé de la comodidad, tan pedante como la palabrita que usabas para definirla. Supongo que para mí es fácil ahora, con la distancia, asociar en ti libros y bares, pero es que me resulta imposible recordarte con aquellas gafitas metálicas, leyendo una novela, en otro lugar que no fuera un café.