El lector cortés de Anne Fadiman

A Eme le anocheció aquel día sin permiso. Se recostó a leer en la sobremesa, y cuando se vino a dar cuenta ya era de noche cerrada. La tarde pasó tan rápidamente quizás porque la mató leyendo, de principio a fin, un libro sobre su tema predilecto, los libros. Ex Libris: Confesiones de una lectora, de Anne Fadiman.

Fadiman le resultó pedante, pretenciosa y algo paranoica. Pero sé que se reconoció en muchas de sus petulancias. Su obsesión por corregir todo aquello que estuviera escrito, o su grima ante cualquier palabra mal empleada o reproducida, hacía que fuera capaz de rehusar la degustación de un Pato de Pequing sólo porque era ortográficamente incorrecto en un menú. Eme era capaz de ésa y de más extravagantes reacciones vinculadas al tratamiento de las palabras. Seguramente se dio cuenta de que incluso compartía con la autora de Ex Libris una fijación casi deportiva por corregir las erratas de los libros que leía, así como la irreverencia de utilizar tinta eterna (como la llama Fadiman) para las rectificaciones.

Eme también mantenía una intimidad con los libros que cualquiera podría haber interpretado como falta de respeto, e igualmente creía que dejar un libro abierto por la página de lectura boca abajo sobre cualquier parte, o señalar doblando la esquina de una de ellas, era sólo una muestra de la relación personal que la unía a su libro. Y qué decir de la rudimentaria crítica literaria hecha en los márgenes de las páginas, ya fuera con correctísimos “vid lo que sea”, o con burdos “carajo, como puede escribir eso”, practicada por Eme. Subrayaba. Utilizaba indiscriminadamente lápiz, bolígrafo, pluma, o incluso rotulador, para llenar de rayones sus libros. Terminaba poseyéndolos, porque estaba segura de que lo más permanente que puede dejar uno en un libro son sus propias palabras, y convirtiéndolos así en otros libros, en sus libros.

Tenía claro que en el mundo hay dos tipos de lectores, como existen dos tipos de amantes, según la importancia dada a la cortesía. Un lector cortés de ningún modo toleraría semejantes muestras de insolencia para con sus libros, como jamás un amante cortés se arrancaría las gafas, en los preludios ansiosos de la pasión, tirándolas al otro lado de la habitación. El lector cortés intentaría mantener sus libros impolutos, sin una mancha, sin un doblez, y el amante cortés se retiraría las lentes de su nariz y de sus orejas muy despacio, acomodándolas cuidadosamente en la mesilla de noche. Eme supo siempre que en cuanto a libros y a amores hay ciertas cortesías absolutamente repudiables.