El byte en la palabra

El cibernauta (especie que navega por la Red) se ha sentado frente a su ordenador al llegar del trabajo. Su primera operación después del encendido es cliquear dos veces el icono “Mi conexión”, esperando la comprobación del nombre de usuario y la contraseña, y el inicio de la sesión en la Red. Seguidamente, hace lo propio con el icono del navegador. El cibernauta se desespera un poco, porque ya se sabe que la línea telefónica a veces funciona a golpe de manivela. Decide consultar el correo electrónico y comprueba que está recibiendo dos nuevos mensajes. El primero, constata el cibernauta, es uno de publicidad (se pregunta cómo una empresa que él desconoce y a la que no le ha solicitado nada ha conseguido su email. Cosas de los hackers), el segundo es de ella, de su cibernauta favorita, y dice sólo “Seré Fermina y estaré a las 20:30 en chat.clarin.com #amigos”. El cibernauta respira hondo. Aún son las 20:28, le da tiempo. Entonces minimiza las ventanas del navegador y repite la necesaria operación del dobleclick, pero esta vez sobre el icono del Pirch, ese magnífico programa de IRC (Internet Relay Chat). Pone su nick en la pantalla de preferencias de conexión, Florentino. Entra. Conecta haciendo /join #amigos. Y allí, en el listado de ocupantes del canal, está ella. Él ya la ha reconocido y con otro dobleclick ritual la invita a hablar en privado. Después del tópico “Hola, me alegro de que te hayas conectado”, entrarán en materia. “TEDM” (“te echo de menos”), MGV, F (“me gustaría verte, Florentino”). Fermina le responde “:-)”, (para decirle que se siente muy feliz de chatear con él y de sus palabras). Y así, en un lenguaje cada vez más abreviado pero que los interlocutores comprenden a la perfección, van construyendo uno de sus encuentros habituales. Ambos quieren conocerse físicamente, pero es imposible que se vean con la facilidad de los amantes cercanos; cada uno vive en una cara del mundo. Pasan las horas y ellos siguen construyendo una relación internet relay. Se despiden hasta el día siguiente, él le dice “B” (besos) y ella le responde “MB” (muchos besos). Él le envía “->->->@” (una rosa).

Ninguno de los dos sabe que ambos están contribuyendo a vivificar el idioma. Ignoran que están cuestionando al mismísimo Fernando Lázaro Carreter y haciéndole poner los pelos de punta a toda una Real Academia, que cree que Internet “Está contribuyendo a convertir nuestra lengua en espectral”. Florentino y Fermina quizás se encuentren algún día, quizás al final de sus vidas, en este amor que ya no es de los tiempos del cólera, sino de los tiempos del byte, pero quizás no sepan nunca que están haciendo lo que un día de hace unos años hizo el Gabo al poner en tela de juicio  todo el quietismo academicista al admitir que el lenguaje está vivo, y que si la hache no se pronuncia, para qué usarla, y que si b y v se dicen igual por qué no ahorrarse una.

Los cibernautas, lejos de terminar con la lengua castellana la vapulearán sin saberlo, y vapulearán al mismo tiempo a los autores del Diccionario. La duda reside en que no está claro si los de El dardo en la palabra serán capaces de reaccionar y de admitir que hay que renovarse o morir.