Divorcios bibliográficos

Estas cosas ocurren, es normal. La conocí en un bar, y me gustó, así de simple. Nos vimos varias veces, unas en su casa, otras en mi piso. Pero más en su casa, es cierto. Un día me dijo “quédate a dormir”, y a mí me gustó dormir con ella. Pero me fui de puntillas por la mañana, para no despertarla. Tiempo después me dijo “¿por qué no te quedas a desayunar?” y, bueno, a mí me apetecía, para qué negarlo, dormir un ratito más con ella, y hacerle café por la mañana mientras ella se peleaba con la mantequilla y las tostadas. De eso a llevar mi ropa y mezclarla con la suya, un abrir y cerrar de ojos, oye. Enseguida estaba instalado, y mi cepillo de dientes junto al suyo en el mueble del baño. Vivíamos juntos. Así de sencillo.

¿Mis libros? Bueno, fue lo último que llevé a su casa. Es algo muy íntimo, ¿sabes? Me daba cierta cosa llevármelos de su sitio así, sin más. Pues lo que hice fue sacarlos poco a poco. Empecé por los menos apegados. Hoy un manual de Geografía Urbana, mañana uno de Filosofía Antigua, y así, fui sacando discretamente todos mis libros de ciencia. Me daba la sensación de que esos ejemplares estaban siempre ocupados, como estudiando, unos sus historias sobre el trazado urbano de una ciudad medieval, otros las teorías de un cierto Tales de Mileto sobre todas las cosas, el agua y los dioses. Ya ves, ni se enteraron. Y los fui apilando en su casa, en una habitación que ella no usaba. Tampoco quería que sus libros se dieran cuenta de lo que sucedía, podían haberse amotinado. No, lo de mis novelas y mis libros de poesía vino después. Fue una hazaña complicada. Los fui sacando con mucho tacto. Puede decirse que lo nuestro se había formalizado cuando logré instalar mi colección García Márquez. De Bruguera. Ese fue un acto solemne, no creas. Y una vez estaban todos allí, comencé a mezclar mis libros con los suyos, aquello ya era serio. Mi ejemplar de la Iliada junto a suyo, por la hache.

¿Que qué nos pasó? Se acabó, esas cosas suceden. Con el paso del tiempo todo se agota. Hace unos meses me invitó a irme, y yo lo entendí, lo nuestro había terminado. Me fui con mi ropa, y mi cepillo de dientes. No, los libros no me los llevé de entrada, y ella tampoco me lo sugirió. “Ya te los llevarás”, me dijo, hay tiempo para eso. Era como si los dos estuviéramos dándonos tregua para pensar, para no romper del todo el vínculo. Y, en fin, seguimos unidos porque aún mis libros están en su biblioteca, con los suyos.

Pero me llamó esta tarde. “¿Te vienes a casa a tomar café? Así podrás llevarte tus libros”. La frase me dolió, porque acerca la ruptura definitiva. Sólo cuando separemos nuestros libros habremos roto de verdad.