Autoayuda

Detesto los libros de autoayuda y superación.

Son como las cartas de despedida de los amores agotados, donde el abandonador le dice al abandonado que es una persona estupenda y que lo importante es que a partir del adiós cultiven una amistad tan profunda como la intimidad de la que llegaron a gozar un día.

Son como el apoyo que te brindan los amigos cuando te sientes fatal, intentando justificar a toda costa que la víctima eres tú, que lo has hecho bien y que no tienes la culpa, cuando saben perfectamente que has metido la pata hasta el fondo y que lo que hiciste es imperdonable.

Son como la negativa de la madre de un violador a aceptar que su hijo lo hizo, como la explicación que le da a su vecina cuando alega que él siempre fue un buen muchacho y que no hay nada en el mundo que tenga un corazón tan grande como el suyo.

Son como las conversaciones de dos ex compañeras de colegio después de veinte años, en las que se cuentan que son felices, que tienen cuatro hijos y unos maridos estupendos, que no llegaron nunca a ejercer sus profesiones porque la pareja decidió de mutuo acuerdo que fuera ella quien se quedara en casa a cuidar de los niños, aunque estén mirándose a los ojos y sabiendo la una de la otra que no están enamoradas de sus maridos, ni querían tener tantos hijos, tal vez ninguno, ni se sienten realizadas entre cuatro paredes ahítas de monotonía.

Son como las disertaciones sobre las ventajas que comporta el sexo de pago con respecto a cualquier otro tipo de relación de pareja, hechas por quienes no han recibido nunca un poquito de ternura, como cuando ellas dicen “Gracias, has estado fantástico” y ellos han entendido “Te quiero”.

Son como la sonrisa de los políticos o como la del actor que tiene que salir a escena de vuelta del funeral de su hermana de seis años, como los horóscopos, como el verdugo que escribe poemas de amor de vuelta de su jornada de ahorcamientos o como el jubilado enamorado de una quinceañera.

Son como las explicaciones de los pacifistas un minuto después de haber entrado en la OTAN, como la justificación de los crímenes de guerra o como la defensa de las causas nacionalistas.

Los detesto porque las cartas de despedida siempre serán cartas de despedida, porque a tu amigo no le queda más remedio que estar de tu parte, porque para una madre nunca habrá nada más importante que su hijo, porque la pasión se acaba, porque una puta no es una novia, porque los políticos tienen que sonreír y los actores interpretan, porque la astrología es una seudociencia, porque la pena de muerte existe igual que las crisis de madurez y las lolitas, y porque siempre habrá justificaciones que terminan con los principios ideológicos y principios ideológicos capaces de justificarlo todo.

Detesto los libros de autoayuda porque sólo son libros de autoengaño.