Veronika

A veces buscamos, sin tregua, libros no leídos. Años más tarde, es posible que vuelvan para perseguirnos como fantasmas por la librerías, entonces puede que no podamos evitar hacernos con ellos. Incluso, sucede a veces que nos persigue alguno que no pensábamos leer porque la crítica nos había hecho repudiarlo sin clemencia.

“Paulo Coehlo es un místico”. Pero Veronika te asaltó en una tienda hace pocos días para no dejarte en paz hasta que diste marcha atrás, a propósito, sólo para comprar su novela. Te conmovió una mujer que puso fecha y hora a su final, sosteniendo que pocas cosas son susceptibles de diseñarse, pero que la muerte es, con toda seguridad, una de ellas. El 11 de noviembre, tomaría las pastillas para dormir que sus amigos le habían conseguido por la pena que les inspiraba el insomnio incurable de la protagonista.

El libro no está mal, no está mal escrito, ni Coelho es tan místico como sus críticos se empeñan en argüir. Y Verokina es un ser interesante que falla en su minucioso plan porque alguien la encuentra envenenada y la lleva a un siquiátrico de la capital eslovena. Allí se convierte en una interna con los días contados, debido a que la ingestión masiva de aquellos comprimidos ha afectado de forma determinante a su corazón. Entonces Veronika va a morir, pero no inmediatamente, sino cuando su órgano vital se deteriore del todo. Pero para que eso suceda es necesaria una buena dosis de paciencia.

Las reflexiones de la suicida son letales. Esperar por el bus, por cada final de mes, por el doblesueldo, por las vacaciones, por el amor de su vida, por la respuesta a aquella carta o por una llamada de teléfono había convertido a Veronika en un ser paciente, capaz de dejarse llevar por el curso de las cosas. Sólo cuando decidió terminar con lo único sobre lo que tenía derecho pleno, dudas existenciales incluidas, logró ser ella misma. Veronika siente estar loca en aquel sanatorio donde un demente es quien se comporta de modo distinto a los demás, sin sutilezas. Y descubre que un grupo de internos, conscientes de haberse curado ya de la depresión, han preferido quedarse allí, en el siquiátrico, para poder ser ellos mismos, sin esperas. Entretanto, Veronika descubre que se irrita, que es capaz de enfrentarse a situaciones que cree injustas, que está viva, pero descubre también que ya es demasiado tarde porque su patología cardiaca es irreversible.

Lo peor del libro es que como muchas de las grandes obras de la literatura comercial, esas que como inspiración tienen más al cine hollywoodiense que a las propias letras o a la vida misma, la historia de Veronika termina bien.