Tanatología, la teoría del capullo

No estamos educados para “ese tema”. En los libros de texto del colegio no se lee nada sobre ello salvo, claro, que se estudie con monjas o curas. Entonces sí. Se dice que cuando uno muere, si ha sido bueno en la vida le espera el Cielo, si no, el Infierno. Todo previo juicio, por supuesto.

En manos de Eme cayo por pura casualidad un ejemplar una de las obras que dio a conocer (e hizo millonaria) a la doctora suiza Elisabeth Kübler-Ross, el titulado La muerte: un amanecer. La doctora Ross, según leía Eme en el prólogo, estaba dotada de un saber “oculto”, era tanatóloga como quien es bioquímico.

La tarea de la suiza había consistido, desde años atrás, en una “indagación en la cuestión de la vida después de la muerte, pasando, eso sí, la línea nítida de demarcación de lo considerado explorable”, se leía en el prólogo. Semejante presentación no fue suficiente para Eme, que en el fondo sabía que toda aquella magia escondía una gran bola de justificaciones que poco podían ayudar a una mente escéptica como la suya. Prosiguió la lectura comenzando por la primera de las tres conferencias que recogía aquel volumen tras haberse enterado, primero, de que Kübler-Ross había dedicado media vida a acompañar hasta la muerte, con sus argumentos, a enfermos de cáncer y sus familiares.

El óbito no era un fin, sino un “radiante comienzo”, un paso “hacia la forma de vida en otra frecuencia”. La página dieciocho hacía ya chirriar los oídos a aquella inocente de veinte años que tenía claro que morir era, como mínimo, desaparecer.

Eme no sabía demasiado sobre cómo se construían determinados conceptos ontológicos de raíz platónica, ciertas Ideas como Dios, el Alma o el Mundo, pero constataba que la doctora suiza los utilizaba en su teoría como si acabara de descubrirlos, y eso le complicaba la lectura de aquellas páginas, máxime cuando el Amor se unía a la fiesta de absolutos en la que se advertía, a cada paso que llevaba a la entrada, que era imprescindible estar preparado para entender aquellas enseñanzas, como si se exigiese traje de cóctel. El asunto que se planteaba no era una cuestión de creencia, sino de conocimiento, según advertía la propia especialista.

En definitiva, morirse era igual que nacer, suponía despertarse o, incluso, y en una metáfora muy oriental, salir del capullo y convertirse en mariposa. Una absoluta gilipollez, pensaba Eme al tiempo que se iba acordando de todas las madres que habían perdido a sus hijos pequeños, o de todos los amantes que veían morir a sus amores sin causa, incluso sin la excusa de la enfermedad.

Es absolutamente necesario que se nos prepare para morir, que se termine con el tabú de la muerte, que los libros infantiles no eludan el tema y que tampoco lo hagan los educadores, pero no de esta manera, no así. Que no hay algunos elegidos que están más preparados que otros para entender no se qué barbaridad sin fundamentos de una vida después de la vida. Que la doctora Ross es millonaria a costa de un montón de individuos que no pueden contrastar, y a los que el miedo les lleva a aceptar como dogma que morirse es nacer a otro plano de la vida. Que en los libros se ofrezca elementos de juicio y no un montón de mentiras disfrazadas de la sabiduría de los elegidos.