Rostro material. Relato

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Rostro material. Relato

—Es terrible —exclamó por fin con voz profunda y sonora—. Une véritable horreur! Tan hermosa que estaba Carla con ese vestido escarlata… Y ahora… —Su voz se astilló, como un bloque de mármol al golpe del cincel—. Una máscara de yeso. La muerte trae al rostro todos los defectos que en vida casi no advertimos. Los gérmenes de disolución y decadencia que rescatamos bajo el movible velo de la expresión se concentran de pronto en unos labios, en unos párpados, en el hueco de una mejilla, como una invasión sorda y creciente. Estéticamente, es espantoso. (Walsh 1953: II).

Rodolfo Walsh sintetizó sabiamente el horror de la muerte impresa en la máscara de un ser humano. Como el rostro en yeso de Carla, el retrato —toda la fotografía, pero especialmente la representación de la faz— es siempre mortuorio. Juega con el tiempo, con su detención, nos recuerda perfectamente su paso con una exactitud heraclitana, nos expone con descaro a nuestra condición finita. Paradójicamente, nos mata en un instante —en un lapso más o menos breve— para permitirnos vivir eternamente como imagen de lo que fuimos.

I

Al mirar tu fotografía me pregunto quién está en ella, inmóvil. Y es entonces cuando, inevitablemente, la ontología penetra en el retrato —en todo el retrato, desde los orígenes del propio género— para someterme a su interrogatorio macabro: ¿Ése eres tú o sólo una de las infinitas interpretaciones posibles de ti realizada por otro? ¿El que está ahí, congelado, impasible, es tu rostro? 

Como cuando nos enfrentamos al espejo, en el retrato se revela nuestro ser y, al mismo tiempo, se destapa la caja de Pandora de las dudas al dejarnos asaltar por cuestiones metafísicas sobre su esencia sumamente complejas. Comienza el juego del reconocimiento de uno mismo, de la identificación, del parecido, de la mimesis en su sentido original. ¿Puedo asegurar que esa foto te muestra a ti, al menos al que fuiste en algún momento de tu vida?

II

Siento el olor a puré de verduras y el bochorno de los pasillos. Te observo primero y, no sé cuanto tiempo después, algo me impulsa a acariciarte. Te toco la cara: suave, la piel fina y blanca. Noto tu frente, la prominencia de tus pómulos. Estás caliente y apenas logras abrir los ojos, pero lo haces; sólo un pestañeo. Tienes sueño y lo dices, lo susurras apenas. Yo vuelvo a tocarte la cara. Te aprieto las mejillas como a un bebé y dejo impresos mis pellizcos en tu carne. Puedo modelarte, eres blando como la arcilla, frágil, humano, demasiado humano, tal vez.

Hoy apenas te reconozco, así que vuelvo a tu fotografía. Intento recordarla: estás sentado en la terraza del bar, frente a mi objetivo, hecho un galán, con el semblante serio, concentrando en tu postura toda la dignidad que podías exhibir sin que parecieras esforzarte. Sentado y con una botella de vino entre los dos; una botella que sólo está en mi memoria. Ahora encuentro semejanzas entre tú y aquel retrato reciente, cuando me agarras la mano con fuerza: lo haces con la misma determinación con la que posaste para mí aquella vez. Pienso en toda esa fuerza y mis dudas se disipan: eres el de la fotografía. Un detalle de aquella imagen se apropia de tu ser y te convierte en ti.

Pero cómo iba yo a imaginar que no podría reconocerte. Supuse que sucedería justo al contrario: tú sí que tenías motivos para no reconocerme. Sin embargo, no fue así: al apretarme la mano tan fuerte te me anticipaste. Sin palabras, me dijiste enseguida: “—Sé quien eres y sé que estás aquí”. Yo, en cambio, tuve que esforzarme, pensar en aquella fotografía, tuve que recomponerte porque no tenía la certeza de si aquel a quien me había encontrado eras tú de verdad.

Sin demasiadas devociones semiológicas, sin afanes barthesianos, tengo que rendirme ante la certificación maestra de la fotografía, ante el nombre de su noema: esto ha sido. Porque, contra todo pronóstico, te encontré gracias a uno de tus retratos, el que te quité hace no tanto tiempo.

III

Me pregunto si te reconozco a través de una imagen de ti porque un detalle de esa imagen me remite a tu esencia. Quién sabe cómo, gracias a qué, te reconocería otro. Federico Campbell lo dijo, parafraseando a Ronald Laing: “La percepción que tú tienes de mí no es la misma percepción que yo creo que tú tienes de mí”. Ahora me apropio de la paráfrasis para construir otra que tiene que ver contigo: la percepción que yo tengo de ti no es la misma que yo creo que otros puedan tener de ti. Tal vez tu fotografía sólo me sirva a mí como muleta. Casi puedo asegurar que así es.

Interesante cuestión la de la esencia: “—Quítame una foto”, me dijiste aquel día. Y yo disparé sin más, ignorando que aquel gesto nos reuniría hoy y me permitiría tenerte en mí para siempre, tenerte como yo te veo, como creo que eres, como sé que eres. En el fondo, aquellas palabras no son otras que las que han consignado con profusión las historias de la fotografía: si para algunos la cámara es capaz de robar el alma, yo te la robé; estoy segura de que me llevé algo de ti al retratarte. Sin embargo, tú no te negaste; me permitiste hacerlo: posaste para mí.

Yo, por supuesto, no te hice inmortal. Afortunadamente no tengo esa capacidad —no soy ningún demiurgo— ni la tiene la fotografía. Sólo te retuve un momento con la ayuda de mi cámara. Te detuve en el tiempo, es cierto, y tal vez para siempre. Pero, ¿a quién de cuantos eres, de cuantos has sido, detuve? A uno de tantos. De tantísimos. Al tú de un sábado a las cinco de la tarde, sentado en la terraza de un bar, mirándome de frente y pensando en quién sabe qué, justo después de revelar uno de tus recuerdos, tras una confidencia, posando desafiante. Quizás tu dignidad afloró de manera semejante porque yo te escuchaba y podías sentir plenamente tu importancia. Pero no logro asegurar quién fuiste un instante después del disparo. ¿El viejo cascarrabias? ¿El Peter Pan inconsciente? ¿El recitador infatigable? No lo sé: mi memoria es frágil, la memoria lo es. Afortunadamente no soy Funes, así que no tengo ninguna prueba de cómo te sucediste: nada puede ayudarme a recordarte con precisión tras aquel click. Sin embargo, sólo cuento con evidencias para saber quién fuiste mientras el obturador te atrapó. Una muestra infinitesimal de ti me basta para haberte reconocido esta mañana. Milagroso, extraño.

IV

Al verte de carne y hueso también te quité una foto. Y en cuanto supe quién eras,  esa imagen de ti quedó grabada en mí, y tal vez también para siempre, porque las imágenes que se tienen en la memoria cambian muy lentamente. (La mirada podría tener tanta capacidad para disparar como la máquina.) Hay muchas formas de producir imágenes, pero ahora mismo me interesan dos en especial. Mi primera visión de ti de esta mañana y el retrato que te hice hace no tanto tiempo. Me interesa la confrontación de ambas. Me preocupa cómo te encarnas en imágenes siendo mucho más que eso. Y me pregunto dónde estás en cada una de esas formas porque, en definitiva, tampoco sé exactamente dónde estoy yo en ellas. Sé que estoy, y que mi relación con esas representaciones tiene una enorme potencia que, de algún modo, me interroga, me golpea.

V

No dejo de pensar que eres mucho más que dos imágenes, que dos mil o dos millones de imágenes, pero algo me dice que hay de ti algo esencial tanto en mi instantánea visual reciente como en el retrato de la terraza del bar. Intuyo una contingencia que ambas imágenes comparten y que no sólo tiene que ver contigo, o conmigo. Hay algo que va mucho, muchísimo, más allá. Lo sé.

Me pregunto qué somos. ¿Un puzzle atomista o un baile de almas encarnadas y dispuestas para liberarse de su forma? Pienso en ambas imágenes y tiendo a ver lo mismo: a la persona que está en ellas. Si ni uno ni otro eres tú de verdad, quién es, entonces, quiénes son los que están ahí representados.

Tal vez un retrato reúna las imágenes de la memoria en una sola entidad trascendente; que sintetiza muchas de las representaciones posibles en una sola, en una imagen invariable que captura la consistencia de la persona retratada a lo largo del tiempo, pero en un momento específico, el presente, y potencialmente para siempre. Estoy con Brilliant en esto. Pero también estoy con Proust: ¿No es el rostro humano semejante a uno de los dioses de las teologías orientales: un racimo de caras que se yuxtaponen y que no somos capaces de ver al mismo tiempo?

VI

Cuenta Plinio que en el siglo VII a. e., la hija del alfarero Butades de Sición trazó el perfil de la cara de su joven amante, a partir de la proyección de su sombra en la pared, gracias a la luz de una vela, antes de que éste tuviera que partir. Al parecer, la novia deseaba quedarse con el rostro de su amado, y Butades aplicó sobre la silueta una capa de arcilla, siguiendo las sinuosidades de aquel rostro, luego la horneó y obtuvo un retrato duradero del muchacho que se conservó en el Ninfeo de Corinto hasta que los romanos, al mando de Mumio, conquistaron y arrasaron la ciudad. Para muchos, éste es el arranque de la pintura: gracias a un juego natural de luces y sombras pudo atraparse la imagen de un sujeto. Y es el arranque, al menos mitológicamente hablando, del retrato.

Plinio describió, en suma, la realización en Grecia de una persõna, pero en el sentido romano del término. No me refiero al prosopon (πρόσωπον) griego, a la careta teatral que cubría el rostro del actor que desempeña su papel, sobre todo en la tragedia. Pienso por el momento en la representación fidedigna del rostro humano. ¿No fue ése el interés de la escultura y de la pintura primero y, más tarde, durante mucho tiempo, de la fotografía? Vuelvo a la mimesis, al reconocimiento, a la reproducción lo más exacta posible de la realidad y dejo de lado ahora los múltiples usos de la máscara a lo largo de la historia y en las distintas culturas. Me centro en el sentido de las personae romanas.

VII

El ritual funerario de la Roma republicana, que contribuyó decisivamente a crear una clase nobiliaria, tuvo como componente esencial —y así lo consignó Polibio en sus escritos— la realización de la persõna del difunto. Este término latino tiene, entre otros significados, el mismo que la voz griega, de la cual se dice que deriva: máscara

Alejándose del referente platónico de la verdad perfecta, los romanos concedieron al individuo, con todas sus imperfecciones, con sus arrugas, el derecho a la inmortalidad escultórica. Aspiraban a conseguir que el hombre sobreviviera, aunque fuera en forma de bronce o mármol; pretendían impedir a toda costa que el aspecto humano fuera olvidado con el paso del tiempo, por eso uno de los principales objetivos de su escultura fue darle publicidad al sujeto, honrarlo y preservarlo.

Y los funerales impulsaron esta práctica de ennoblecimiento a través de la escultura. Acabada la procesión al foro para escuchar el elogio del fallecido, y tras la celebración de los ritos funerarios, la familia colocaba un retrato del muerto en la parte más visible de la casa. Y este retrato era una máscara que se realizaba tratando de preservar al máximo el parecido con el modelo. Al exhibir en los sacrificios públicos estas imágenes de tanto realismo, se honraba al individuo como si estuviera presente. E igualmente, cuando fallecía un miembro destacado del grupo familiar, se llevaban en procesión las máscaras de sus antepasados. Recuerdo ahora la formidable escultura de El togado Barberini, quien porta con orgullo a dos de las personae de su familia.

VIII

Tu persona, en cambio, como la de todos, siempre ha sido otra. Ha tenido un significado más actual, y más sicológico. Aunque también ha comportado la sugerencia de lo sobrepuesto, cercana a las propiedades de la hipóstasis, tu persona ha sido tu ser, dotado de una singularidad evidente. Un conjunto de atributos capaces de definirte, de hacerte reconocible frente a los otros: tu rabia, tu receptividad a la alegría. Tus contradicciones, en suma, han contribuido a caracterizarte. 

La persona romana, puede decirse, era pública; sin embargo, fue siendo dotada de intimidad a partir de San Agustín, quien partió, para su comprensión, de la Ética nicomaqueade Aristóteles, haciendo que comenzara a perder su relativa exterioridad y se hiciera cada vez más concreta, más real. Boecio, sin embargo, se refirió a la persona como máscara, aunque sólo como punto de partida porque, en definitiva, enunció la definición del concepto que predominó en el pensamiento medieval: la persona es una substancia individual de naturaleza racional. Leibniz, más tarde, ampliaría la definición de persona en este mismo sentido. Poco a poco, de unas concepciones de corte esencialmente metafísico se pasó a una noción de persona que además contaba con elementos sicológicos y también éticos. En su célebre Crítica de la razón pura, Kant insistió en la importancia de la ética, por eso la persona moral era para él la libertad de un ser racional bajo leyes morales que el propio sujeto se impone, aunque sin ser arbitrarias. Parece que esta podría ser, a vuelapluma, la historia filosófica de tu persona, de la persona de cualquiera.

Sin embargo, tu individualidad, tu ser, no es sólo metafísica, ética, moral o sicología. Eres más —ya lo he dicho—; por encima de muchos intangibles, eres materia. Y tu materia también me resulta enigmática.

IX

¿Qué veo cuando te miro? Si no me hago preguntas sobre tu interior, sobre tu personalidad, ¿qué me dice tu presencia? ¿De qué estás hecho? Sé que puede resultar trivial que hable ahora de tu carne, de tu composición física, de tu apariencia. También todos tenemos una, y también es a la vez la misma y distinta de la de los otros. Pero me importa la tuya. Esta mañana, cuando te vi, no me pareció que estuvieras hecho de la misma materia que yo, ni de la misma materia que tú en el retrato del bar. Intuí cierta anticipación de un estado distinto, noté una transformación ante la que no pude quedarme indiferente. Tu rostro me recordó —tengo que decirlo— a una de esas máscaras funerarias de Roma, con un gesto, uno nada más, pero hecho de cera o de un yeso que parecía no haber fraguado aún. Y cuando te toqué, cuando te pellizqué, se confirmó mi impresión. Un fortísimo impacto para mis sentidos. Interrogarme sobre tu materialidad es ahora casi más trascendente que hacerlo sobre tu persona en el sentido sicológico del que ya te hablé.

Si de nosotros no pueden quedar más que recuerdos, actos y consecuencias convertidos en recuerdos para quienes nos conocieron, y si las fotografías pueden ayudarnos a recordar (a olvidar también, y es necesario hacerlo), lo que existe ahora de ti no es un recuerdo aún, pero tampoco es una fotografía. Dolorosamente, creo que se trata del preludio de tu persõna, de la máscara que habrías podido llegar a ser si hubieras vivido en la Roma republicana. Una representación de ti con todos tus defectos físicos, con tus arrugas, con tus mejillas acentuadas y una textura que, al tacto, habría comenzado ya a diferenciarse de la carne.  

X

A lo largo de la historia —recuerda a Butades y a su hija enamorada—, muchos han procurado detener el tiempo o, incluso, anticiparse a él: desde la ingeniería, la física y la biología hasta el arte, los intentos han sido numerosos. La literatura de ficción está plagada de máquinas para viajar al futuro. A Dorian Gray le bastó un retrato al óleo para mantenerse siempre joven. Al fin y al cabo, la interpretación del tiempo es el horizonte que posibilita la comprensión del ser y, como tal, su transcurso, nuestra consciencia del devenir nos hace palpar la mayor de las verdades: nuestra muerte futura. El lenguaje nos hace humanos, la razón también, pero el paso del tiempo en nuestros cuerpos nos reduce a nuestra naturaleza original, nos define, por encima de todo, como materia perecedera. 

Tú y yo sabemos de qué estamos hechos, y hoy más que nunca. Ignoro si ahora desearías viajar al pasado en uno de esos artefactos imposibles de novela o si, en cambio, prefieres dejarte llevar, sencillamente. Estás cansado, sólo eso. Yo sí que quisiera parar el reloj para continuar la conversación que dejamos a medias en la tarde de la foto del bar, o para que habláramos de cualquier otra cosa. Necesito que me cuentes algo, pero sólo aprietas mi mano con fuerza. Hoy me hubiera gustado hacerte otro retrato, o imprimir la huella de tu rostro en yeso, como hacían los romanos con las personas ilustres, para honrarte. Pero no me fue posible: no me atreví, ya sabes, la familia… El tiempo ha jugado en nuestra contra. También el tiempo histórico: con la promesa de una vida futura, el judeocristianismo y el estado del bienestar occidental —capitalista y liberal como bien sabes— ha ido convirtiendo nuestra finitud en uno de los principales tabúes del mundo en el que vivimos. Separar la vida de la muerte es un signo inequívoco de progreso. Pero yo sé que tú, en tu anárquica insolencia, no lo crees así. Para ti, envejecer no es vejatorio sino inevitable. Nada más.

XI

Los intelectuales del Dieciocho, aquellos ilustrados irreverentes, se empeñaron en luchar contra los dogmas y contra las supercherías, se esforzaron por convertir la razón en paradigma vital. Sin embargo, recuperaron la tradición romana de la que te he estado hablando. Volvieron a preservar la memoria del hombre a través de la reproducción fiel de su rostro. Y aunque había precedentes en el Medievo, no estaban dotados del sentido clásico, humanista, que se retomó en el Renacimiento, sino de un marcado carácter religioso.

El hombre es su rostro, ¿qué más puede definirnos con precisión si no? Las huellas dactilares, nuestras pupilas, el ADN, por supuesto… Sin embargo, no tenemos la capacidad técnica (aún) de andar por la vida con dispositivos que analicen de inmediato este tipo de evidencias de identidad. Vivimos y percibimos nuestro entorno y a nosotros mismos a través de nuestros sentidos; ellos sí nos acompañan siempre. ¿Sabías que cuatro de los cinco sentidos se alojan en el rostro?