Persōna

—Es terrible —exclamó por fin con voz profunda y sonora—. Une véritable horreur ! Tan hermosa que estaba Carla con ese vestido escarlata… Y ahora… —Su voz se astilló, como un bloque de mármol al golpe del cincel—. Una máscara de yeso. La muerte trae al rostro todos los defectos que en vida casi no advertimos. Los gérmenes de disolución y decadencia que rescatamos bajo el movible velo de la expresión se concentran de pronto en unos labios, en unos párpados, en el hueco de una mejilla, como una invasión sorda y creciente. Estéticamente, es espantoso (Walsh, 1953).

Rodolfo Walsh sintetizó sabiamente el horror de la muerte impresa en la máscara de un ser humano. Como el rostro en yeso de Carla, el retrato —toda la fotografía, pero especialmente la representación de la faz— es siempre mortuorio. Juega con el tiempo, con su detención, nos recuerda perfectamente su paso con una exactitud heraclitana, nos expone con descaro a nuestra condición finita. Paradójicamente, nos mata en un instante —en un lapso más o menos breve— para permitirnos vivir eternamente como imagen de lo que fuimos.