¿Para qué sirve la Historia?

Hace ya tiempo que la Historia dejó de ser un mero registro de acontecimientos, y Marc Bloch dio buena cuenta de ello. Fue fundador de los primeros Annales, publicación que abanderó la corriente crítica contrapositivista que revolucionó el quehacer histórico en torno a los años treinta del siglo pasado. Y fue, además, autor de una obra inconclusa, Apología para la historia o El oficio de historiador, que condensa toda una filosofía crítica y buscadora de respuestas. Este libro se reeditó recientemente a partir de manuscritos inéditos de Bloch, que formaban parte de su propio plan de la obra y que no se habían contemplado en la primera publicación póstuma que realizó Lucien Fevre, colega del autor.

Bloch detona desde sus primeras palabras: “¿Para qué sirve la Historia?” Así comienza, interrogándose, un volumen en el que, conforme la reflexión del francés avanza, van planteándose problemas hasta el momento soslayados en la investigación histórica y se va dando al traste con consideraciones férreamente establecidas en el seno de la historia narrativa anterior. Marc Bloch convierte, desde el título, a la Historia en un oficio –‘métier’-, más que en una profesión, y luego se plantea los grandes temas que aún provocan, y es de desear que sigan provocando, la reflexión de los especialistas: el tiempo histórico, la causalidad en Historia, el papel del historiador…

La Historia, a juicio de Bloch, no servía para nada si se concebía en la línea de sus antecesores del Positivismo decimonónico. La mera recopilación de datos expurgados y ordenados cronológicamente, sin consideraciones acerca de sus interrelaciones dialécticas, no tenía sentido. El historiador es sujeto de la Historia, actúa en ella cuando la reconstruye y está obligado a dar respuestas. Bloch sufrió en su piel los efectos de una coyuntura histórica convulsa que daba al traste con su misma contemporaneidad, y esto en buena medida le movió a platearse incluso la utilidad de su oficio de historiador.

La ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial hizo mella también en el propio proyecto crítico que había movido al historiador a fundar la revista Annales. Cuando se le planteó continuar trabajando bajo la amenaza de la censura impuesta por la ocupación, Bloch decidió abandonar la publicación, escribir su libro sobre metodología histórica y, en un momento dado, responder con la práctica a su pregunta inicial: decidió no arredrarse y se lanzó a la lucha integrándose en la resistencia contraalemana, por lo que fue capturado y ejecutado en 1944.

La Historia es un instrumento para la comprensión del pasado y del futuro. Pero también es un instrumento de acción al que la comprensión misma conduce. Eso transmite la obra de Bloch.

Pero no pueden concebirse crítica y orden establecido como componentes de la misma filosofía vital porque se corre el riesgo de que la subversión se torne legitimación de una realidad a la que, en principio, se pretendía cambiar. Bloch lo tuvo claro: su amigo Fevre sí aceptó seguir dirigiendo unos descafeinados Annales. Él no.

Sin embargo, hay quienes no toman nota de la Historia sino para engordar currículos. Quienes prefieren vender su honestidad a los poderes establecidos para medrar como pobres gusanos, sin importarles ir por ahí reventando proyectos críticos cuando estos ya han satisfecho sus deseos más oscuros de penetración en el ‘stablishment’. La subversión no está hecha para los positivistas del siglo XIX que se visten de Lenin para acabar convertidos en ridículos ‘estálines’ dispuestos a cortar cabezas para defender dudosos bienes supremos que no son sino su propio bien.

Historia es crítica y es acción sólo cuando el vil juego del saber-poder no se convierte en una pútrida piel de cordero cuyo hedor puede hasta matar. Matar al menos a cualquier voz crítica que se interponga en la escalada hacia las cumbres de la reacción.