No todo es tan negro

posted in La jungla de los lápices

No todo es tan negro

Entro al aula de uno de mis grupos de 2º de la ESO. Como es habitual, hay un revuelo tremendo en torno a tres alumnos, los líderes del cotarro; dos de ellos son negros, lo que carecería de importancia si no fuera porque les encanta hacer gala del color de su piel para bromear continuamente.

Grito: «¡Chiiiiiiiiiiiicos!». Pero casi nadie se calla, claro. «¡Por favooooooooooor!», continúo. El jaleo es ensordecedor. Allí, en medio del griterío de la jungla, les digo: «¡Quiero diez voluntarios!», y entonces sí se hace un silencio que dura muy poco, lo justo para que los quince voluntarios se apelotonen ante la pizarra. «¡Les he dicho diez, no quince, así que ya saben!». Algunos, reticentes, van abandonando el escenario mientras vuelvo a mandar a callar a la clase. Entre medias, varios me abordan para preguntarme, excitados: «¿Qué vamos a hacer hoy, profe?». «Es una sorpresa —les digo, quitándomelos de encima—, les va a gustar. ¡Bueeeeeno! Quiero tres de los voluntarios en una esquina de la clase, tres en la otra y dos y dos en el resto de las esquinas. ¡Venga, vamos!». Después de un momento de caos se colocan donde les he pedido. «Ahora —digo muy alto, para salvar el murmullo general— quiero que cada trío y cada pareja elija un portavoz… ¿Lo tenemos? Sí, pues venga… El portavoz de cada equipo ha de pensar una palabra, la palabra que quiera, con libertad total». El grupo entero hace silencio —ahora sí—, y alguien pregunta: «¿Pero cualquier palabra? ¿Cualquiera cualquiera?». «¡Cualquiera!!!! ¿Es que no se me entiende? ¡Cual-quie-ra! Chicos —puntualizo—, hay miles de palabras para elegir, escojan la que les parezca, venga, ya».

Los líderes, como era de esperar, se habían agrupado y constituido el primer trío, los de la «A». «Dinos, le pido al portavoz —el más despierto de los negros—, ¿cuál es tu palabra?». Él sonríe con cara de pillo, y me suelta: «¡Negro!». Me lo esperaba. Todos nos reímos a carcajadas y paso al siguiente grupo, los de la «C», donde se ha colocado el lector de Paulo Coelho —un chaval que va de guapo, cree que es guapo y que para las muchachas de clase lo es—, junto con otros dos que casi siempre están empanados, son muy buenos chicos, pero suelen estar en la luna de Valencia. «¿Y la palabra de los de la «C»?». «Zapato», me suelta uno de ellos. Las de la «B» y la «D» eligen «amor» y «celestial».

«Bueno, pues ahora cada grupo tiene que elegir dos o tres palabras —según sean pareja o trío— que rimen con la primera». Lo digo mientras voy escribiendo sus respuestas en la pizarra. «¿Saben lo que es rimar?». La respuesta es inmediata y unánime: «Sí, sí, claro, profe, claro», me dicen. «Pues nada, ordénense así, según la letra que tengan, que vamos a componer una décima: a-b-b-a-a-c-c-d-d-c». Una vez ordenados, las palabras que tenemos son: negro-amor-rencor-suegro-alegro-zapato-pato-celestial-manantial-gato, y con esta decena de maravillas tendremos que hacer los versos de nuestro poema.

«A ver: ¿quién sabe contar las sílabas de un verso?». «Yo, profe, yo sé», dice el líder de los líderes de la clase, a quien le tengo un cariño especial. Y enseguida el resto —los treinta— comienzan a hacer el gesto de contar sílabas con los dedos. ¡Están implicadísimos en el ejercicio! Sonrío para mis adentros y me digo: Marian, esto funciona. «Pues vamos, ahora cada uno de ustedes diez, y en el orden en el que se han colocado, debe inventarse un verso de ocho sílabas que termine con la palabra que eligió. Venga, empieza tú, negro, le digo con una sonrisa al autor de esta elección. ¡Venga, ánimo, un verso que termine en negro!». «Ay, profe, lo tengo, pero es un poco fuerte…». «¡Suéltalo, le respondo!», y no tarda en recitarme: «El-ne-gro-la-tie-ne-gran-de». La clase se rompe a carcajadas y yo apostillo que muy bien, pero que «negro» debe ir al final de la frase, de modo que le sugiero modificar el verso para que la palabrita vaya donde debe ir: «¡Qué grande la tiene el negro!». Risas y ovación. Les encanta, así que ya tenemos el primer verso de la décima. Lo apunto en la pizarra y le pido al siguiente, al de «amor» que haga lo propio.

Entre risas y cuentas, un montón de versos cojos, otros muchos larguísimos y sin sentido, y continuados intentos —que frustré convenientemente— de componer con «chupar» y «meter», el resultado final fue este, que para ser un primer intento, con un grupo muy difícil y poco motivado, es todo un logro.

«Qué grande la tiene el negro
No era lógico el amor
Le cogí mucho rencor
Se lo dije hasta a mi suegro
La tengo enorme y me alegro
No me cabe en el zapato
Me crece comiendo pato
Que es un plato celestial
Lo cacé en el manantial
Y fue gracias a mi gato»

«Bueno chicos, quedan diez minutos de clase». «¡No, quedan exactamente quince! —me dice el más disruptivo, que además resultó ser el mejor verseador—, ¿componemos otro, profe?».

Se quedaron con las ganas… Para el próximo día, después del puente… ¡Qué necesidad tenía yo de verlos motivados, de dejarlos con ganas de algo, de verlos implicados, aunque fuera contando sílabas con los dedos! ¡Un fuerte aplauso para ellos!

6 comments

  1. eeeesssta Marian,…. qué gusto de relato. Todo fotogramas ágiles en forma y ritmo. Conservo la sonrisa aún. Un beso

  2. Lo importante es no darlos por perdidos porque firman y formarán parte de la sociedad en la que vivimos. Gracias por ser profesora y tratarlos como personas aunque ellos no lo hagan.

  3. Pingback:CEP Tenerife Sur » EXPERIENCIA EN EL AULA DEL TALLER DE CREATIVIDAD VERBAL

  4. Felicidades, hacen falta muchos sembradores de versos y espinelas y tu ejemplo es el más claro, el hacer algo nuevo y en el momento dándole principio y fin motiva mucho y engancha y cuando la cantas e improvisas son “chutes” de adrenalina continuos. Aplausos para ti.

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