No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

Me interesa MB. Al fin y al cabo no conocí a Marito, al hijo de Brenno, al muchachito asmático que vivió de mudanza, al estudiante del Colegio Alemán.

A MB, en cambio, sí lo conocí. Y no fue, curiosamente, a través de sus poemas más populares, los que Nacha Guevara o Serrat hicieron canción. Fue cuando leí por pura casualidad uno de sus relatos cortos, La lluvia y los hongos. Su comienzo me impactó tanto que aún lo recuerdo literal, “¿Sinceridad? Cuidado con la palabrita”. Él le decía a ella cómo había sido lo suyo con otra. Con otra ella cuya perfección él no toleraba y por eso la redujo, le dijo y le hizo todo lo que pensó que no iba a soportar. Pero aquella mujer resistió, claro, y al día siguiente fue la misma que antes de las horrorosas vejaciones a las que él la había sometido. En el tramo final él vomita una confesión: un día la mató, bueno, ella abrió el gas…

Luego me dediqué a devorar todo que encontré escrito por el creador de La tregua, hasta que le vi haciendo de poeta en un tugurio rioplatense, mientras aburría a las putas recitándoles, cadencioso, versos en alemán, al tiempo que Grandinetti buscaba a una mujer que supiera volar, tendía puentes interoceánicos y exigía notesalves.

Cuando aparecieron sus haikus, MB me mató. Estaban llenos de mundo, al contrario que algunos de aquellos escritos en el XVI, sobre libélulas y mariposas. Pero un hecho extraordinario sucedió antes. Recibí un paquete postal que atesoraba algo sobre el amor, las mujeres y la vida, y un poco sobre cierto olvido lleno de memoria, ambos rubricados en la portadilla por el poeta de Tacuarembó. Tuve en mis manos unos libritos de poemas tocados por el genio en la Feria del Libro de Buenos Aires. Dos fetiches.

Y más tarde, la noticia. MB vendría a recoger un premio sobre yonosequé latinidad. Yo tenía claro que al creador del desexilio le importaba tanto ser latino como ser africano u oriental, o sea: un carajo. Me preguntaba, entonces, qué demonios hacía aceptando, a sus ochenta, un galardón de tan dudoso prestigio y tan poco sentido vital o literario, tan lleno de carga política. Rebosante, además, de identidad comprimida a golpe de debates inconclusos, de comparecencias públicas desganadas, y de todo el asma que el sereno era capaz de acelerar en la noche de una jornada larguísima. Me pregunté qué hacía el uruguayo en aquel escenario, que parecía una recreación barroca de tercera del Ágora ateniense, y supuse que quizás fuera porque se le atragantaron las centenas de balaustres de aquella decoración horrenda, o porque le sentó mal una cena tan elaborada como el sentimiento latinidad que la aderezaba.

Quise sobreponerme porque, a fin de cuentas, lo importante era que MB estaba allí, aunque fuera para recoger, de manos del más latino de la noche, del Presidente de la Nación Puente, un premio chocante. Sentí lástima cuando vi que, con muchas dificultades, aquel señor, que había dejado de ser ídolo para ser humano, subió la escalera y sonrió a media boca, como pudo, con el Abad en la mano.

“No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes/ pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico/ aquí se quedan sólo los fantasmas”. ¿Sinceridad? Me cuesta imaginar a Don Mario pariendo los versos escritos por MB.