La estupidez adulta

Sostenía un famoso periodista andino que hay libros infantiles que son como las novelas de romanos escritas en el siglo XIX. Las últimas intentan recrear prolijamente la época de los césares, mientras que los primeros lo hacen con la infancia. Los romanos de unas no son sino personajes decimonónicos, ataviados con blancas túnicas y dorados apliques, que piensan como habituales de cafés parisinos de época; los otros no son sino mayores estúpidos que construyen estúpidos infantes intentando que parezca que sus estúpidos ademanes son los que les gustaría leer a los niños para reconocerse en ellos.

Harry Potter, y éste es sólo un ejemplo de tantos, aunque un ejemplo significativo en tanto en cuanto su éxito de ventas podría justificar con creces la idea del escritor estúpido –en este caso escritora, lo mismo da- que cree que el mundo supuestamente infantil que recrea es interesantísimo para los niños lectores, resulta un personaje irrespetuoso o, más bien, es irrespetuosa la autora. La presunción de que el niño es tonto por aquello de que es menor, de que es propenso a la fantasía (aunque conozco adultos que lo son tanto o más), de que es prácticamente algo distinto de una persona es, sencillamente, una falta de respeto hacia los más pequeños.

Decía además aquel gran periodista que la clave para averiguar si un libro para niños es bueno radica en que pueda ser leído por un mayor, y la lectura, a este último, le resulte interesante. Reconozco que sólo ha caído en mis manos un volumen de Potter, el de la piedra filosofal: tedioso niño-mago que, en su tristeza, mediocridad y falta de aceptación por el mundo que le rodea, es premiado con el don de la magia y se convierte en un héroe ñoño más cercano al arquetipo de muchacho más popular del cole, tan de moda en la Escuela norteamericana, que a un niño en el que a otro cualquiera le gustaría reconocerse. No, ni siquiera engancha el relato de sus supuestas aventuras fantásticas; el libro es, sencillamente, aburrido.

Aquel periodista decía también que no se puede esperar que un niño  quede encantado con el cuento El inmortal, de Borges, básicamente porque le parecería sumamente tedioso si no conoce a Homero, y no puede pedírsele a un infante que conozca al autor de la Odisea y la Iliada, eso no. Pero sí debe exigirse lo contrario: un adulto debe ser capaz de disfrutar con un libro escrito para niños.

El periodista decía también que recordaba cuando, en su infancia, le regalaban libros para niños esperando que le gustaran, le enseñaran y le hicieran comenzar a entender el mundo. Experimentaba la misma sensación que cuando, ya un poco mayor, seguían regalándole juegos infantiles, en esa edad en la que no se sabe si el niño es niño o ha crecido ya, cuando le embargaba una tremenda lástima hacia sus mayores, que con tanta ilusión le habían hecho aquel presente esperando que fuera educativo. Que él, para no partirle el alma a su padre, a su madre o a aquel tío que le regalaba siempre por Navidad, sonreía agradecido y disimulaba jugar. En el caso de aquellos libros hacía que leía mientras pensaba para dentro “estúpidos mayores”.

Los niños se rebelan contra la estupidez leyendo poco, lo cual a veces resulta lógico atendiendo a este tipo de literatura infantil que desconoce cómo piensan los pequeños.