Hipocresía

Siempre podemos predicar. Y podemos ser revolucionarios de la literatura. Pero la revolución se nos agota justo donde empieza las cenas de lujo y los calzoncillos de marca, porque no es compatible el epicureísmo puro con Playa Girón, no lo es. Quizás sea preferible la bandera reaccionaria ondeada sin demasiados remordimientos, con alguna duda natural, eso sí, pero con la dignidad del capitalista que disfruta de lo bueno. No me trago un montón de literatura reivindicativa que se queda sólo en el plano de la teoría, y que le muestra a una masa dúctil las ventajas de la igualdad mientras engulle un plato de langosta regada con cincuenta mil pesetas de vino.

Es verdad lo del Sur y el Norte, pero me jode hasta la saturación escuchar que el Norte es el que ordena, que el Sur también existe y un montón de frases como ésta, que le ponen a uno los pelos de punta, le hinchan el pecho y le anudan la garganta como si estuviera a punto de empezar a llorar, inevitablemente, para toda la vida, cuando quien lo dice vive, justamente, en ese norte que apisona. Era más honesto un Che panfletario, que un panfletario literato que se sirve de la calefacción para resguardarse de los fríos inviernos de Barcino, o de Madrid, sin duda.

¿Puede sentirse lo que se escribe cuando se escribe con una copa de licor carísimo y al calor de varias cuentas corrientes, propiedades en explotación y casi incalculables Bonos del Estado? ¿No se le cae a uno la Montblanc de la derecha cuando con la izquierda siente el incómodo bulto en el pantalón de una billetera que rebosa papelitos verdes?

Y no sigo escribiendo, que ya estoy cansado por hoy, que son más de las ocho y he quedado para cenar en el Ritz con fulano, el empresario, sí, hombre, con el constructor que tiene ese proyecto tan bonito de chalets de lujo en la Sierra, con zonas verdes magníficas para que jueguen los niños, y piscinas enormes… Mañana sigo con los chiapanecos, mañana sigo con ellos porque, total, van a continuar luchando haga lo que haga yo, y a mí mi editor no me exige el primer borrador hasta el uno de noviembre; aún tengo dos meses. Aunque todavía me falta escribir algo sobre los niños de Brasil, y otro poco sobre el puto franquismo y el pinochetismo, que ahora son consignas cuasiuniversales; si no me salto un poema sobre Sierra Maestra, el libro será un círculo políticamente perfecto y, mira tú por dónde, quizás el próximo año me toque a mí llevarme el premio a la latinidad, el que dan en la Isla esa que siempre confundo con Mallorca. ¿Es allí donde se come bienmesabe o es en Ibiza? Soy un desastre con los dulces, me encantan la ensaimada y la paella, pero ya son muchos los viajes de conferencias de este año por tierras españolas. Lo de los rusos es una pena, mira qué mal están, y eso es porque ya no son comunistas. Esta noche me lo pienso y escribo un homenaje a Lenin y otro a Stalin. Eso sí, sin nombrarlos, para que mi texto sea un canto universal a las revoluciones. Pero, ahora que lo pienso, tendré que hacerlo en el avión, que debo viajar a Venezuela a recoger otro premio a la solidaridad; tengo ganas de ver al amigo Presidente. Ese sí que tiene cojones, les monta un golpe de Estado, no le sale, y luego gana en las urnas, joder con la democracia… Me voy, que me hace tarde.