Grandes esperanzas

publicado en La jungla de los lápices

Grandes esperanzas

«Soy Ernesto Gómez* y tengo 70 años. Nací el 6 de agosto de 2002. Al cumplir 3 años hice mi primer viaje que fue a Venezuela*, el país de origen de mis padres y media familia».

Así empieza la Historia de mi vida de uno de mis alumnos de 2º de la ESO. Pero no es una historia cualquiera, es un ejercicio que hicimos el otro día en clase: les entregué a todos un folio en blanco y les pedí que imaginaran que tenían 70 años y, a partir de ahí, escribieran sobre lo que les había sucedido, quiénes eran, cómo se sentían, qué había sido de ellos. Se trata de un ejercicio difícil para niños de 13 y 14 años… ¡Imaginar lo que aún no les ha pasado! ¡Hacer balance de una existencia que todavía no ha sido! ¡Encontrarse cerca de la muerte! En definitiva, mi idea era que comprendieran, entre otras cosas, el concepto de verosimilitud. «¡Profe, ¿me lo tengo que inventar?». «En cierto modo, pero no a lo loco, sino basándose en lo que creen que serán de mayores, en lo que les gustaría —sus deseos— y lo que creen que pasará según cómo están actuando hoy en día —lo probable—. Lo que quiero es que se coloquen lejos, en un tiempo que, seguro, llegará, y me digan, siendo lo más sinceros posible, qué creen que habrá sucedido para entonces en la vida de cada uno».

Se pusieron a la labor y en 50 minutos algunos habían escrito tres folios por las dos caras. Aluciné con las ganas que tenían de hablar sobre sus vidas, sobre sí mismos. Muchos no entendieron la idea de colocarse en otro tiempo, en un tiempo lejano —son pequeños aún— pero muchos otros sí fueron capaces de hacerlo, como Ernesto, un alumno repetidor, con muy malas notas, absentismo y desmotivación. Pues bien, Ernesto me entregó, agitado —al sonar el timbre de fin de la clase—, varias hojas manuscritas encabezadas con el siguiente título: La historia de mi vida, seguido de «Primera parte». Al principio me extrañó y le dije: «Ernesto, el ejercicio era para hacer en esta hora. Nada más». «Profe —me suplicó— me gustaría continuarlo en casa». Se me iluminó la cara y le dije que yo encantada, que sí, que siguiera escribiendo. Al día siguiente, me buscó por los pasillos y me entregó varias hojas con la segunda y tercera parte de su historia.

He estado tan liada con las evaluaciones que no había podido echar un vistazo a las historias de mis alumnos hasta esta mañana, con el primer café: no me podía creer lo que estaba leyendo, un texto bien escrito en el que se hacía un relato descarnado de presiones familiares, chantajes emocionales paternos, autoestima destruida a base de culpabilidades forjadas a conciencia por los adultos, y acoso escolar del bueno.

Tras el detalle de diversas experiencias de bullying, leo:

«Empecé el instituto —uno nuevo, este— como 2 o 3 semanas más tarde, todo el mundo me recibió con los brazos abiertos y ahora que tengo 70 años sigo dando las gracias».

Ernesto relata que perdió el tiempo y dejó la ESO, que se centró más en llevarse bien con la gente que en estudiar, y que nunca puso de su parte para sacarse el título. Cuenta que al cumplir los 20 lo enviaron de nuevo a Venezuela:

«Porque solo estorbaba, me mandaron fuera para que mis padres avanzaran. Allí trabajaba de cualquier cosa, aunque me pagaran muy poco por muchas horas de trabajo. Una vida dura, pero merecida. Había días en los que ni comía y me tocó hacer lo peor… robar. Vivía en la calle… Mi familia no quería saber nada de mí, ya que me había convertido en una persona despreciable. Con 40 años conseguí contactar con mis padres y hermanas; ellas me ayudaron a volver a Tenerife y a encontrar trabajo (…) Pasé años así, con mis hermanas, y sin poder contactar con mi padre, que se fue a Alemania* con su mujer. Mi madre había fallecido de tanto fumar y llevar una mala vida. Pasé los años trabajando en sitios malos, pero por lo menos tenía algo, ya que tampoco aspiraba a nada más, ya que tiré mi vida a los 15 años. Nunca tuve una mujer y mucho menos hijos. Una mujer no va a querer estar con alguien irresponsable y con malas pintas, sin capacidad ni para tener un hámster, así que no sería capaz de tener un hijo a mi cargo. Me jubilé a los 64 años. Mis hermanas se fueron a vivir y a trabajar a otros países. Como merecía, me quedé solo».

Seguí leyendo:

«Todo lo que hagas de niño va a influir en tu futuro, y yo nunca me di cuenta… hasta ahora, viendo que no soy nada, solo una persona inútil más que no ha hecho nada con su vida, ni para intentar arreglarla ni nada. Siempre siguiendo el mal camino, por eso ahora estoy solo, sin nadie con quien hablar ni compartir. Ahora tengo 70 años, y estoy esperando a que llegue el momento de irme. Ahora, si me dieran la oportunidad de cambiar algo del pasado sería evitar mi nacimiento sin dudarlo.»

Ya me faltaba el aliento:

«Toda mi vida me lo han dado todo y yo no lo he sabido valorar. Podría haber evitado el esfuerzo de mi padre para que o pudiera tenerlo todo. Yo, una persona que no merece nada. Sin mí, mi padre hubiese tenido una vida más tranquila y sin la angustia de que su hijo no hiciera esfuerzos ni siquiera para sacar la ESO, y se hubiera ahorrado gastos innecesarios como el de comprar libros, ya que ni siquiera los utilizaba.»

Ernesto termina así:

«Bueno, y esta sería o será mi vida al cumplir los 70 años. Fin».

Lloré durante un rato, mientras rebuscaba por las estanterías de mi casa un libro que regalarle a Ernesto. Cuando llegué al centro pregunté por él a sus compañeros pero, como de costumbre, se había saltado la primera hora. A segunda, lo encontré entrando a clase y le dije que esperara, que quería hablar con él. «¿Vas a echarme la bronca, profe?». «¡Qué dices, tonto! Voy a felicitarte por lo que escribiste, por tu sinceridad, por lo bien escrito que está tu texto, por todo. Porque me emocionaste. Y voy a darte algo, un regalo, un libro que traje para ti —le contesté».

Con los ojos aguados otra vez al ver la alegría por mis parabienes reflejada en la cara de Ernesto, saqué de mi mochila Grandes esperanzas, de Dickens, se lo entregué y me di la vuelta para irme sin que me viera llorosa. Desde el fondo del pasillo, oí que decía con determinación: «Profe, me lo voy a leer. Sí. Me lo voy a leer».

*Los asteriscos son datos ficticios.

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