Final del juego

En la vida el azar campa a sus anchas. Un día dejas caer una gota de café sobre el mantel y desencadenas un cataclismo de dimensiones incalculables (recuerdo el pasaje sobre el ridículo de El vuelo mágico, de Eliade). Otro día sucede lo mismo, pero como nadie te mira, lo limpias con el puño de la blusa y aquí no ha pasado nada. Pero ¿cuándo te tocará a ti? ¿En qué instante verás estallar la catástrofe? ¿Cuándo te tocará estar cerca del vórtice y serás engullida por la fuerza descomunal de una paliza? Yo no lo sé pero, sin duda, podrá sucederte. Hay tantas posibilidades de que protagonices la desgracia que no sé si decirte que camines como si pisaras un campo minado, o si aconsejarte que olvides que estás en peligro. No tengo las respuestas. ¿Quién las tiene?

¿Cómo puede explicarse el horror del maltrato llevado hasta sus últimas consecuencias, hasta la muerte como final de un juego de poder, de sometimiento, de amargura disimulada, de impotencia?

Quisiera saber cómo contar que, de vez en cuando, sin pauta, se acercaba a mí con la cara desencajada de animal hambriento, con esas fauces felinas, babeantes, y me hablaba tan de cerca que sólo podía oír un gruñido aterrador al que seguían los golpes. Me agarraba el pelo y hacía estallar mi cabeza contra la pared una vez y otra, y su voz se había convertido en un griterío ensordecedor del que yo sólo era capaz de rescatar algunas frases. «¡Hija de puta!» «¡Te voy a matar!» Luego, con su cansancio, venían la calma y los sollozos dentro del dormitorio, tras la puerta cerrada, porque hay que obligarse a mantener la dignidad, aunque sea un poquito de dignidad. Te mirabas los moretones, las marcas en la cara, y tapabas todo lo que podías con un maquillaje ya casi gastado. Durante el ataque no eras capaz de pensar apenas, y si lo hacías era en el poco valor que tiene la vida; en todo caso, te decías: «Pégame más… ya no me duelen los golpes en el cuerpo. Me duelen sólo por dentro». Y así te seguían doliendo con el paso de los días, mientras crecían tu resentimiento, tu odio, tu impotencia, hasta la próxima vez.

Una noche, en una de esas ocasiones azarosas, se acercó a ti de nuevo como una bestia y acabó con tu vida. Ya no puedes contarlo. Acabó contigo, nada más.

Me pregunto dónde está tu rostro. Aunque hay infinitas clases de violencia, ésta tiene una parte que se nos vela y eso la hace más macabra aún. Fuiste asesinada por tu pareja. Por celos, porque él se sintió embargado por un sentimiento de inferioridad difícilmente comprensible, o por quién sabe qué. Fuiste asesinada y tu muerte violenta no fue más que el final de un juego de sometimiento y sumisión. De un juego machista como el propio mundo. Justo aquí terminó la partida, una especie de Cluedo al que todos podríamos jugar. Pero ¿dónde está tu rostro? —me pregunto de nuevo. No está: ni el tuyo ni el de todas nuestras víctimas. Se nos muestran las caras de la muerte por violencia machista de otros lugares del planeta, pero nunca las de este Occidente tan civilizado que no nos deja ver a la verdadera protagonista del titular de prensa. Vemos a su verdugo, que suele taparse la cara; vemos a veces su ficha policial. Desvelemos —basta de hipocresía— la faz inerte de la víctima. Veamos tu rostro: él resume tu destino, tu desdicha, él tiene impreso en su gesto al agresor.

Valencia, 2010