El Caletón – El Lance – Las Aguas

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El Caletón – El Lance – Las Aguas

Las fotos de hoy no me dicen gran cosa.

Esta mañana U. me propuso que hiciéramos una excursión en coche por la isla, así que nos adentramos en carreteras secundarias buscando imágenes diferentes a las que estamos tan acostumbrados.

Primero paramos en El Caletón de La Matanza. Un lugar de vacaciones autocostruido para gente sin recursos. Me atacó la ansiedad cuando subía sus calles de escalones desestructuradas: no pude respirar durante un rato, como ya me había sucedido diez años atrás paseando por Chueca, con Antonio, el mismo día en que nos conocimos.

De allí partimos en busca de un lugar mejor. Tomamos una carretera paralela a la general, a la carretera antigua que, a su vez, cursa en paralelo a la autopista del Norte. La carretera de Medianías –así se llama– nos llevó hasta el mirador de El Lance, un lugar que permite una visión opuesta a la que siempre he tenido del valle de La Orotava. Allí, plantada en medio de un sembrado de sombrillas azules de Kalise, tomé café y U. y yo compartimos un mantecado mientras vimos cómo el paisaje se cubría de bruma rápidamente y dejaban de verse los detalles de la hiperconstrucción habida en el valle desde que Humboldt lo describiera a principios del XIX. Quedan su forma y la vista del mar y del Teide; lo demás son casas y casas y casas. No sé por qué pero el mar de nubes convirtió un lugar tan verde en la fotografía de una especie de zona totalmente desértica. ¡Qué engañosas son las imágenes a veces!

Seguimos para comer y recalamos en Las Aguas, un barrio de San Juan de la Rambla en el que ya había estado hace años pero que no recordaba. Había más gente de la habitual porque al parecer hoy se celebraba la romería y los vecinos se estaban preparando –ataviados de magos, claro– para la sesión pirotécnica de la noche. Allí comimos su popular arroz caldoso mirando a un mar bravo y plomizo, bajo un cielo a punto de romperse. En realidad yo no quitaba mi vista del complejo costero en ruinas de piscina y restaurante, despintado de color turquesa y abandonado desde hace años. Me pareció un lugar lleno de magia. El camarero, muy atento, me contó que existe un plan para demolerlo y construir una piscina natural. ¡Vaya contrasentido, cuando lo natural sería restaurar esa especie de balneario romántico que ya está más que integrado en el paisaje! Un café, muchas ganas de fumarme un cigarro y de vuelta a casa. Hoy, después de muchos meses –tal vez de años– escribo con pretensiones. Me he propuesto escribir de nuevo y aquí estoy, escribiendo.