Desde la otra orilla

Hay libros orales, escritos en cualquier momento con palabras al aire. Libros de poesías cargadas de tradición en sus formas, pero con una inmediatez de contenidos irrepetible. Dos amigos, nacidos y educados en Cuba, en la de Fidel. Que van llevando por el mundo, sobre todo por el mundo norteamericano de su exilio, décimas improvisadas en cualquier circunstancia. Especialistas versadores de agilidad mental envidiable e incapaces de perder la sonrisa, aún cuando fueron sus propios versos los que les llevaron a prisión durante años, a pasar hambre entre las rejas de un calabozo dentro de la Isla-Cárcel.

Si alguien les dice “Laura”, ellos envuelven a Laura dentro de diez versos, la mezclan con la suculenta comida degustada o por probar, en agradecimientos a ella o a los anfitriones de la reunión, la embadurnan de flores y de piropos sobre su belleza, y todo cuadra en las rimas necesarias de la estrofa que aprendieron en Cuba a fuerza de recitar y recitar.

Quizás fueran maestros en la Isla, ahora, en Miami, tienen carritos de helados o trabajan como transportistas. Y versan. En locales del centro, los domingos. Porque la semana existe sólo para trabajar, y el verso y la canción son sólo pasatiempos dominicales. En la Isla eso no pasaba, porque allí la tradición musical o literaria era una forma de vivir, de vivir cantando como canarios.

Y cualquiera podría decir “qué gran pérdida, salir de allí para no poder apenas cantar sino de vez en cuando”. Pero no hay tal pérdida, porque en la Isla se permite cantar y versar durante día y noche, pero con la cizalla de la inquisición serrana en la garganta, con mucha podredumbre y poco arroz, porque hablamos del único lugar donde comer un bistec es constitutivo de delito grave. Los temas de la Historia de la Revolución pueden convertir a un poeta en héroe nacional. Los temas que se escapan a la Historia Oficial convertirán, seguro, a un poeta en disidente, en criminal. ¡Qué miedo tiene el tal Fidel de la literatura!

Por un poema sobre cruces, las que cargan los presos políticos cubanos, se privó a uno de ellos de la libertad. Por anotar, en los márgenes de una revista, comentarios políticos sin demasiada trascendencia, se privó a su amigo de la misma.

En el otro mundo, alejado de falsas igualdades, tienen el estómago lleno, y la pluma siempre cargada de tinta o la voz afinada para disparar, en cualquier momento, contra la otra orilla, la que dejaron atrás, la de la infancia. Pero, ¿saben? A los dos amigos que no vivirán jamás en Cuba ya no les es preciso criticar, con sus versos efímeros, al Régimen, porque han recuperado, con el paso de los años y desde la distancia, la libertad, sobre todo la de elegir en qué gastar su saliva.