Alquimia

No hizo falta París, 1918, ni una exposición en el Armony Show de Nueva York. Tampoco el Cabaret Voltaire de Zurich, el del poeta que contaba que a la cola de una vaca la llamaban así los negros Krow, al cubo y a la madre en cierto lugar de Italia, al caballo de madera, a la nodriza, y a la doble afirmación en rumano y en ruso.

Sólo tres personajes. El Cuentadientes, el Fabricante de lágrimas de vidrio, y Ella, que era casi rubia. El primero solía escribir de cuando en cuando, y a fuerza de martillo, historias de toreros. El segundo construía pequeñas lagrimitas en rostros de madera. Y a Ella a ratos le daba por arrancar aquellas penas de cristal. Sucedió lo siguiente.

Servilletas de seda de bar de barrio, cerveza y vino tinto. Se acordó, como siempre, de las sombras azules de unos ojos de hilo, y reveló que sufría, doblando el papelito transparente, porque las cabras no pueden comer en los campos quemados, cuando, en el instante previo, se levantó una silueta del asfalto. Así fue cómo aquel papel finito se convirtió en abanico, pero antes un puñal de esperanzas segó su cuello, sin sabor en la boca, sin compartir siquiera una cuchara, después de que el mantel se llenó de hojas de hierba seca, con el sol decidido a esconderse entre sus pechos y la luna mirándose en aquellas pupilas odiadoras. Sin un suspiro, cuando el sueño se les abalanzó sin miramientos.

Tal vez ninguno de ellos leyó jamás a un tal Hugo Ball y ninguno, seguro, pintó a principios del XX aquel desnudo que descendía por la escalera. La mesa no era, ni de lejos, un ready made, una percha que pareciera una bicicleta que pareciera un tocadiscos viejo que pareciera una mujer. Ni Duchamp ni Picabia ni Tristan Tzara. Sólo tres personajes, sin manifiestos, bebiéndose la sobremesa.

Aunque el día siguiente no se quitó de encima la resaca, los tres volvieron al trabajo, a la vida real, y tan real, de alumbramientos y mentiras de blanco, de banquetes, de familiares y cumpleaños, de planes y de viajes de rutina. Hasta otro viernes.

Muchas veces se ignora cómo opera el mecanismo que anuda a las personas de repente (hay quienes lo denominan magia), pero otras se tiene la certeza de que, como haría un alquimista de Macondo, si se mezclara casualidad con soledades, un trozo de amistad con vasos de cerveza, y con nocturnidad, y un Cuentadientes con un Fabricante de lágrimas de vidrio y una mujer que casi es rubia, el compuesto reaccionaría, quizás, dando lugar a un vínculo como los de los versos aleados sin premeditación. Se sabe que, si hay suerte, el resultado no sería otro que una relación incomprensible, inexplicablemente intensa, como un poema dadá fantástico y absurdo.